Coto UNTDF
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Escrache en la UNTdF

El silencio impuesto también es una forma de censura

La frustrada exposición del senador Agustín Coto en la UNTDF expone una contradicción de fondo: se invoca la libertad de expresión, pero se bloquea el debate cuando quien habla representa una posición política incómoda.

El episodio ocurrido el lunes 4 de mayo en el campus de Ushuaia de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego podría ser narrado como un hecho más dentro de la conflictividad universitaria. Sin embargo, reducirlo a una anécdota sería perder de vista lo esencial: lo que está en juego no es una charla frustrada, sino el sentido mismo de la universidad y su compromiso con la libertad de expresión.

Hasta ahora, se puede reconstruir con relativa claridad lo sucedido, aunque persista una disputa por su encuadre. El senador nacional Agustín Coto, de La Libertad Avanza, fue invitado a exponer sobre reforma electoral en una actividad organizada por la agrupación “Universitarios por la Libertad”.

Según su versión, la charla contaba con autorización institucional, pero fue interrumpida por una protesta vinculada al reclamo por el financiamiento universitario. “No hubo violencia física, pero no dejaron debatir”, afirmó. También negó haber sido expulsado: sostuvo que “intentaron construir la noticia” de que lo habían echado y que “no pudieron”.

Del otro lado, sectores estudiantiles, docentes y gremiales justificaron el rechazo. APUNTDF habló de un “potente repudio” y vinculó la protesta con el incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario y el contexto de desfinanciamiento. La propia institución enmarcó el hecho en la emergencia que atraviesa el sistema.

Pero más allá de las posiciones, hay un dato difícil de relativizar: la charla no pudo desarrollarse en condiciones normales. Y ese hecho, por sí mismo, interpela.

La tentación de callar al otro

El escrache -porque eso fue, en esencia- no puede ser relativizado según la simpatía ideológica de quien lo padece. Repudiarlo “venga de donde venga” no es una consigna vacía, sino una condición mínima para sostener una convivencia democrática. Cuando se impide que alguien hable, no se está defendiendo una causa: se está debilitando un principio.

La universidad debería ser el ámbito por excelencia del debate incómodo, del contraste de ideas, de la argumentación rigurosa. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, aparece la tentación de convertirla en un espacio homogéneo, donde ciertas voces son admitidas y otras directamente bloqueadas. Ese es un riesgo profundo: cuando el desacuerdo se vuelve intolerable, el pensamiento crítico se transforma (se deforma) en consigna panfletaria.

En la UNTDF -como en muchas otras universidades públicas- han disertado figuras que poco o nada aportan a la ciencia o a la educación, pero que resultaban afines a la orientación ideológica de quienes organizaban esas actividades. Esa selectividad erosiona la legitimidad del rechazo actual. Si la vara cambia según el invitado, el problema no es el contenido, sino la identidad política.

Una oportunidad perdida

Más allá del posicionamiento frente al gobierno nacional, lo ocurrido deja una sensación difícil de ignorar: se perdió una oportunidad. La oportunidad de interpelar directamente a un referente político con el que existe un conflicto abierto. La oportunidad de escuchar, preguntar, refutar. En definitiva, la oportunidad de ejercer aquello que tantas veces se reivindica en el discurso, y que tanto identifica -o debería- al claustro universitario: la defensa de la palabra.

Porque defender la libertad de expresión no es solo invocarla cuando resulta conveniente. Es sostenerla incluso, y sobre todo, cuando incomoda. Es permitir que el otro diga lo que uno no quiere oír, para poder responder con argumentos y no con interrupciones.

Desde la Reforma Universitaria de 1918 en adelante, la universidad pública argentina tiene una tradición que la enorgullece: la de ser un espacio de pluralidad, de pensamiento libre, de construcción colectiva del conocimiento. Convertirla en un bastión partidario o ideológico no solo la empobrece, sino que la aleja de su misión esencial.

El episodio de Ushuaia no debería cerrarse en la discusión sobre si alguien fue expulsado o no. La pregunta más relevante es otra: ¿qué tipo de universidad se quiere construir? ¿Una que habilite el debate o una que lo clausure? La respuesta definirá mucho más que una charla frustrada.

Redacción radiofueguina.com

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