Las redes sociales tienen una lógica conocida: cuanto más extrema es una afirmación, mayor circulación consigue. En ese mecanismo encajó un ranking viral generado con inteligencia artificial que ubicó a Río Grande entre las ciudades “más deprimentes” de la Argentina.
El contenido se expandió rápido, acumuló comentarios y volvió a instalar una mirada recurrente sobre la Patagonia: frío, viento, oscuridad y aislamiento como sinónimos automáticos de tristeza.
El problema no es solamente la superficialidad del ranking. También lo es el uso liviano de una palabra vinculada a la salud mental para construir entretenimiento viral. Hablar de ciudades “deprimidas” o “deprimentes” como si se tratara de una categoría turística banaliza situaciones reales y transforma experiencias sociales complejas en una consigna fácil para consumir en pocos segundos.
El video fue elaborado mediante inteligencia artificial y el propio canal aclara que no se trata de un análisis basado en hechos. Aun así, el contenido se presentó con el tono de una clasificación objetiva, mezclando clima, percepción estética y actividad económica para emitir conclusiones sobre ciudades enteras.
En el caso de Río Grande, la descripción apeló a elementos previsibles: “vientos antárticos”, “oscuridad casi total en invierno” y una ciudad “funcional con paisaje industrial”. La lógica es sencilla y repetida: si una ciudad no responde al ideal turístico de clima templado, naturaleza amable y consumo urbano permanente, entonces aparece asociada a una idea de hostilidad o tristeza.
Nada sabe del orgullo compartido de ser fueguinos y riograndenses, de la solidaridad enraizada que nutre socialmente, de la cultura del esfuerzo, del deporte que crece sin parar, del crecimiento de las universidades, de tantas cosas que hacen del viento y los días cortos sólo una parte de un paisaje donde lo principal es la gente.
La mirada plana
Sin embargo, Río Grande difícilmente pueda entenderse desde una mirada tan plana. Es una ciudad construida alrededor del trabajo, de la industria y de una fuerte cultura del esfuerzo.
Su identidad no nació del marketing turístico ni de una postal diseñada para visitantes. Nació de la producción, de las fábricas, de la migración interna y de generaciones que encontraron aquí una posibilidad concreta de construir estabilidad y futuro.
La ciudad tiene problemas reales, como cualquier centro urbano en crecimiento: vivienda, infraestructura, costos, clima exigente y una economía muy condicionada por los vaivenes nacionales. Pero reducirla a un estereotipo emocional implica desconocer también su capacidad de comunidad, su vida cotidiana y sus espacios de pertenencia.
Río Grande conserva todavía una escala humana poco frecuente en ciudades más grandes: clubes barriales activos, redes vecinales, vida deportiva intensa, cercanía familiar y una relación comunitaria que suele fortalecerse justamente frente a las dificultades del entorno. La dureza del clima no elimina la vida social; muchas veces la vuelve más cercana y organizada.
La cercanía del Estado municipal , con especial énfasis en Salud, deporte y recreación refuerza aún más esa tendencia.
Simplista y poco confiable
La psicóloga Mariela Rizzo relativizó las conclusiones del informe viral y advirtió que “las IA no son una fuente confiable para poder pensar estas cosas”. Aunque reconoció que las condiciones climáticas pueden influir en determinados estados emocionales, aclaró que “no es que porque no hay luz entonces tenemos depresión, sería muy simplista hacer eso”.
La especialista explicó que factores como la reducción de horas de luz o el encierro invernal pueden tener incidencia, pero señaló que también intervienen “la red social de esa persona” y “el mundo emocional”. La mirada lineal del ranking, justamente, omite toda esa complejidad.
Río Grande puede ser una ciudad áspera para quien la observa desde afuera durante unas horas. Pero para miles de personas representa trabajo, arraigo, educación, proyectos familiares y pertenencia. También representa una forma particular de habitar la Patagonia: menos espectacular, más austera y profundamente real.
Etiquetar una ciudad desde un algoritmo es fácil. Entender cómo vive una comunidad exige bastante más que eso.
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