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Entre la historia y el presente

Negro de piel, negro de alma. El racismo en Argentina

El racismo no pertenece al pasado: cambia de lenguaje, transforma sus mecanismos y sigue produciendo exclusión y desigualdad.

Escribe: Franco Riquelme (*)

Argentina suele contarse a sí misma una historia tranquilizadora. Aquí, se dice, no existen razas y, por lo tanto, tampoco racismo. El viejo chiste de que «los argentinos descendemos de los barcos» resume bastante bien esa imaginación nacional. La frase parece inocente, incluso simpática. Sin embargo, alcanza con detenerse un instante para advertir todo lo que deja fuera de escena. Esos barcos también transportaron hombres y mujeres esclavizados desde África. Mucho antes de su llegada, además, estas tierras ya estaban habitadas por pueblos indígenas cuya presencia fue reducida, durante décadas, a una nota al pie de la historia nacional.

A diferencia de otros países de América Latina, Argentina construyó buena parte de su identidad alrededor de una imagen de blancura y europeidad. Ese relato fue tan eficaz que todavía hoy cuesta reconocer las formas que adopta el racismo entre nosotros. Como no existieron leyes de segregación comparables a las de Estados Unidos o Sudáfrica, solemos concluir que el problema nunca existió. Pero la ausencia de esas instituciones no implica la ausencia de jerarquías.

El racismo argentino rara vez se presenta como una doctrina explícita. Prefiere el disfraz del humor, del sentido común o de las palabras pronunciadas sin pensar demasiado. Vive en expresiones cotidianas que clasifican a las personas según su apariencia, su origen, su barrio o su forma de hablar. Durante generaciones, términos como negro, cabecita negra, coya, bolita, paragua o villero funcionaron menos como descripciones que como formas de establecer una distancia social. En ese universo, «negro» dejó de nombrar un color de piel para convertirse en una categoría moral.

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Quizá allí resida una de las particularidades del racismo argentino. No necesita apoyarse siempre en diferencias biológicas visibles. Le basta con asociar determinados rasgos culturales, fenotípicos o de clase con ideas de inferioridad, peligrosidad o incultura. En otras palabras, cualquiera puede convertirse en «negro», independientemente del color de su piel. Lo que se juzga no es solamente el cuerpo, sino una forma de habitar el mundo. Comprender este mecanismo exige abandonar la idea de que el racismo pertenece únicamente al pasado o a otras sociedades. También obliga a preguntarnos qué ocurre cuando una comunidad necesita inventar, una y otra vez, un otro sobre el cual descargar sus miedos, sus frustraciones y sus desigualdades.

Aníbal Quijano sostuvo que la colonialidad no terminó con la independencia de las antiguas colonias. El dominio político podía desaparecer, pero las formas de clasificar a las personas sobrevivían. La idea de que existían pueblos naturalmente superiores e inferiores continuó organizando las relaciones de poder mucho después del fin del colonialismo.

Por eso la colonialidad fue más duradera que el propio régimen colonial. No persistió únicamente en las instituciones, sino también en las formas de pensar, de educar, de nombrar y de mirar a los otros. El racismo dejó de ser solamente un instrumento de conquista para convertirse en una manera de interpretar el mundo.

Sin embargo, ese orden nunca fue absoluto. Las resistencias avanzaron con intensidades diferentes según los países y los momentos históricos. Mientras algunas sociedades comenzaron a cuestionar la propia noción de raza, otras asistieron a nuevos intentos de legitimar viejas jerarquías mediante discursos nacionalistas, xenófobos o abiertamente racistas. Las categorías cambian, pero la necesidad de construir un «otro» inferior continúa reapareciendo bajo distintas formas.

Tal vez ese sea uno de los rasgos más persistentes de la colonialidad aun cuando el concepto de raza pierde legitimidad científica, las desigualdades encuentran nuevos lenguajes para justificarse. Cambian las palabras, no siempre las relaciones de poder.

El imaginario de una Argentina blanca y europea comenzó a resquebrajarse a mediados del siglo XX. La industrialización atrajo a millones de trabajadores desde las provincias hacia Buenos Aires y los grandes centros fabriles. De pronto, quienes habían permanecido invisibles para el relato nacional ocuparon las fábricas, las calles y los barrios obreros. La respuesta de buena parte de las élites fue inventar una nueva categoría: los cabecitas negras.

No se trataba solamente de un insulto. Era una manera de convertir las diferencias sociales en diferencias naturales. El color de la piel, el acento, el lugar de nacimiento, la ropa o las costumbres populares comenzaron a leerse como signos de inferioridad. El racismo argentino dejó entonces de expresarse principalmente como una cuestión biológica para confundirse con el desprecio hacia determinadas formas de vivir. Como advirtió Étienne Balibar, las relaciones de clase también pueden adquirir un lenguaje racial.

Esa lógica nunca desapareció. Cambiaron las palabras, pero no necesariamente el mecanismo. En Buenos Aires todavía es frecuente que el interior del país aparezca asociado al atraso, la ignorancia o la marginalidad. El prejuicio suele recaer con mayor fuerza sobre quienes llegan desde las provincias más alejadas de los grandes centros urbanos. Paradójicamente, son esos mismos trabajadores quienes sostienen buena parte de las economías regionales y de actividades estratégicas como la minería, el petróleo o la industria fueguina. Rara vez pensamos cuánto depende el país de esas migraciones internas mientras seguimos reproduciendo viejos estigmas.

A esas formas históricas de discriminación se suma hoy un escenario diferente. Argentina continúa siendo uno de los países latinoamericanos con mayor población migrante, en su mayoría proveniente de Paraguay y Bolivia. Sin embargo, en los últimos años el endurecimiento de las políticas migratorias y el aumento de las deportaciones revelan un cambio de clima político. Cuando determinados discursos convierten al inmigrante en el responsable de la inseguridad, del desempleo o de la crisis económica, el racismo encuentra nuevas maneras de legitimarse.

Las formas que adoptó el racismo variaron según las regiones y los momentos históricos. En algunos casos se expresó mediante la estigmatización de los migrantes internos; en otros, a través de la exclusión de los pueblos indígenas. Pocas experiencias permiten observar ese proceso con tanta claridad como la incorporación de Tierra del Fuego al Estado nacional argentino, donde la construcción de la soberanía fue inseparable de la definición de quiénes serían considerados parte de la nación y quiénes quedarían fuera de ella. La incorporación de Tierra del Fuego al Estado nacional argentino siguió un camino distinto al del resto del país. Mientras gran parte del territorio ya había sido integrado durante el siglo XIX, la colonización efectiva del extremo austral comenzó recién hacia sus últimas décadas. No fue un proceso espontáneo. Estuvo acompañado por la instalación de instituciones llamadas a organizar el espacio, disciplinar a la población y afirmar la soberanía estatal.

En pocos años se levantaron la misión salesiana de La Candelaria, el presidio de Ushuaia y los grandes establecimientos ganaderos. No fueron experiencias aisladas, sino piezas de un mismo proceso histórico. Cada una, a su manera, contribuyó a moldear una nueva sociedad y a definir quiénes serían considerados parte de la nación y quiénes quedarían fuera de ella.

La paradoja fue notable. Mientras los pueblos indígenas eran presentados como una población destinada a desaparecer —incapaz de integrarse al progreso—, el Estado convirtió a cientos de presos enviados desde el continente en agentes involuntarios de la ocupación del territorio. Los primeros fueron expulsados de la historia nacional; los segundos terminaron formando parte de ella.

La misión y el presidio representan, en ese sentido, dos espacios privilegiados para comprender el funcionamiento de la biopolítica en Tierra del Fuego. Ambos buscaron disciplinar cuerpos considerados problemáticos, aunque con destinos muy diferentes. A los indígenas se los evangelizó bajo la premisa de una extinción inevitable; a los delincuentes se los sometió al castigo y al trabajo con la expectativa de su regeneración. En ambos casos, el Estado administró poblaciones. Pero sólo una de ellas fue imaginada como susceptible de incorporarse a la comunidad nacional.

Conviene, entonces, evitar dos simplificaciones. La primera consiste en afirmar que Argentina fue una sociedad racialmente idéntica a Estados Unidos, Sudáfrica o Brasil. No lo fue. La segunda, mucho más frecuente, sostiene que aquí nunca existió el racismo. Tampoco es cierto.

Las jerarquías raciales argentinas fueron más flexibles que en otras regiones de América, pero eso no las volvió menos reales. Con frecuencia se confundieron con diferencias de clase, de origen geográfico o de pertenencia cultural. El resultado fue el mismo. Convertir a ciertos grupos en sospechosos permanentes y presentar esa desigualdad como si fuera parte del orden natural de las cosas.

Quizá por eso convenga prestar atención al presente. Los discursos de odio no inventan el racismo; se apoyan sobre prejuicios mucho más antiguos. Lo preocupante es que, cuando esos discursos son pronunciados desde el poder político o amplificados por los grandes medios de comunicación, dejan de ser simples opiniones para transformarse en formas de habilitar la exclusión. Toda sociedad que necesita fabricar enemigos termina encontrando, tarde o temprano, a quién señalar.

El racismo rara vez irrumpe de golpe. Se instala lentamente en una palabra, dicha sin pensar, en un chiste repetido durante generaciones, en una mirada que convierte al otro en sospechoso. Las leyes cambian, los imperios desaparecen, pero los prejuicios suelen tener una vida mucho más larga.

Quizá, después de todo, la pregunta no debe ser si Argentina es o no un país racista. La pregunta más incómoda es otra ¿qué sociedad puede jactarse de haber erradicado el racismo de sus relaciones políticas, económicas y culturales?

La historia demuestra que el racismo fue mucho más que un prejuicio o una forma de intolerancia. Constituyó uno de los mecanismos fundamentales para organizar la dominación, justificar la explotación y naturalizar la desigualdad. Durante siglos permitió conquistar territorios, esclavizar pueblos, apropiarse del trabajo ajeno y convertir esas relaciones de poder en un supuesto orden natural.

Cambiaron los imperios, los sistemas políticos y los lenguajes con los que se justifica la exclusión. Sin embargo, mientras existan sociedades que necesiten producir jerarquías entre seres humanos para sostener privilegios económicos, políticos o culturales, el racismo seguirá encontrando nuevas maneras de reinventarse.

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(*) Franco Riquelme: Profesor de Historia. Cursando Doctorado en Historia (Universidad Nacional del Nordeste)

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