La retracción del consumo también se hace visible en las carnicerías de Río Grande, donde las familias redujeron las cantidades que llevan y modificaron sus elecciones para priorizar productos de menor costo. Luis Schreiber, referente de los almaceneros de la ciudad, e integrante de la Cámara de Comercio, señaló que en su negocio pasó de vender entre tres y cinco medias reses por semana a apenas una, mientras que la carne de cerdo ganó espacio por su diferencia de precio.
Schreiber explicó que el cambio no implica que la carne haya desaparecido de la mesa de los vecinos, sino que se compra en menor cantidad y se buscan alternativas más económicas. En ese escenario, el cerdo se convirtió en una de las principales opciones: una costeleta vacuna puede costar entre $20.000 y $24.000 el kilo, mientras que un corte similar de cerdo ronda los $9.000.
En este mismo sentido, cuestionó que «el precio de la carne está muy alto porque siguen llevándosela para exportarla». Esta situación, impacta en la especulación: «uno dice ‘no la compro, a ver cómo baja’, pero no; por más que uno no la compre, se la llevan a otro lado, y más si le sacan todas las retenciones«.
La diferencia de valores también modificó los hábitos de quienes antes elegían cortes de mayor precio. El comerciante recordó que algunos clientes solían reservar determinados productos, como el lomo, para consumir durante la semana siguiente. Ahora, en cambio, esos cortes aparecen con mucha menor frecuencia en las compras. “No dejan de consumir, consumen mucho menos”, resumió en pocas palabras la situación que se vive actualmente.
El impacto se refleja directamente en la facturación de los comercios. Aunque una familia continúe llevando un kilo de carne, el producto elegido puede representar un ingreso muy inferior para la carnicería. “Hoy la caja es la mitad», remarcó. En esta misma línea, añadió que «antes llevaban un kilo de carne o un kilo de asado», el cual varía su precio entre los $22.000 y los $26.000. Frente a ello «hoy llevan un kilo de pecho de cerdo que vale $11.000”, explicó.
A la menor facturación se suma el incremento de los costos que deben afrontar los comerciantes. Schreiber mencionó especialmente las tarifas de electricidad y gas, que, según sostuvo, registraron fuertes aumentos durante los últimos años. Además, señaló que la reducción de una compra principal también repercute sobre otros productos: quien antes concurría a buscar un asado podía sumar chorizos, pan, verduras u otros artículos, algo que ahora sucede con menor frecuencia.
Para Schreiber, la dificultad alcanza a buena parte del comercio barrial y no se limita al rubro de la carne. También advirtió sobre la pérdida de capacidad de organización entre los comerciantes para plantear problemas comunes, una situación que contrastó con otras épocas de crisis, cuando se impulsaban compras colectivas, petitorios o gestiones conjuntas.
El deterioro, además, comienza a sentirse en la cadena de pagos. Frente al aumento de las obligaciones y la reducción de los ingresos, los comerciantes deben priorizar qué facturas cancelar y cuáles postergar. “Las tarifas nos están agobiando, y siempre estamos con una boleta cruzada, que pagamos esto, que pagamos lo otro, y cada vez está peor”, afirmó.
Según describió, los vínculos construidos durante años entre comerciantes y proveedores todavía permiten cierta flexibilidad para sostener las cuentas, pero ese margen se achica cada vez más. “Ya todos tenemos poco margen, eso es lo preocupante”, señaló, y advirtió sobre la acumulación de compromisos pendientes: “Cada vez tenemos más boletitas a pagar juntadas”.
Ante la pregunta sobre cuánto tiempo puede sostenerse esta situación, Schreiber fue contundente: “En algún momento esto no va a dar para más: revienta”.
Finalmente, atribuyó las dificultades que atraviesa el comercio y el poder adquisitivo de los trabajadores al rumbo económico actual. “Si cambian el modelo, capaz que sí. Yo siempre acuso al modelo; es el modelo y es el plan económico. Por lo menos para el trabajador. Para alguno anda bien, muy bien”, concluyó.
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