Por: Franco Riquelme (*)
María Alejandra Lizardo nació en la ciudad de Río Grande el 14 de septiembre de 1978. Es la mayor de cinco hermanos fueguinos. Su padre, Rodolfo Daniel Lizardo, fue maestro normal y profesor de Sordos y Disminuidos Visuales, mientras que su madre, María Inés Oscares, se desempeñó como maestra normal. Ambos hicieron de la docencia una verdadera vocación desde 1977, cuando comenzaron a trabajar en Buen Pasto, provincia del Chubut. Allí, además de ejercer como docentes, asumieron múltiples responsabilidades de acuerdo con las necesidades de la comunidad: fueron maestros, carteros, policías, cocineros y cuanto oficio hiciera falta. A comienzos de 1978 iniciaron su labor docente en la Escuela N.º 4 de la ciudad de Río Grande, ubicada en el antiguo barrio C.A.P.
La infancia y la adolescencia de Alejandra Lizardo transcurrieron en Río Grande. Realizó sus estudios primarios entre la Escuela N.º 14 y el Instituto María Auxiliadora, institución en la que también completó sus estudios secundarios, obteniendo el título de Bachiller con orientación docente.
Aunque tuvo la oportunidad de continuar su formación en la provincia de Buenos Aires, la perspectiva de trasladarse a una ciudad desconocida y la distancia respecto de sus seres queridos influyeron en su decisión de permanecer en Río Grande para cursar estudios universitarios. En 1997 ingresó a la Universidad Tecnológica Nacional, donde cursó el Profesorado en Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales, egresando en el año 2000.
Este título la habilitó para desempeñarse como docente en el nivel secundario, especialmente en el espacio curricular que actualmente se denomina Construcción de la Ciudadanía, ámbito en el que ha ejercido durante más de veinte años. A lo largo de su trayectoria profesional dictó clases en instituciones educativas públicas y privadas, además de desempeñar funciones directivas.
Paralelamente a sus estudios universitarios, desarrolló una intensa actividad en los medios de comunicación. Mientras cursaba el profesorado en horario nocturno, durante las mañanas trabajó primero como productora publicitaria y posteriormente como productora periodística en un programa radial de formato magazine político, con entrevistas, móviles en exteriores y dúplex con emisoras de la Patagonia y de Buenos Aires. La radio constituyó también un espacio fundamental de su formación profesional, complementada mediante cursos y talleres de producción, locución y periodismo.
Puede decirse que, a partir de 2020, Alejandra Lizardo comenzó a bosquejar un proyecto hasta entonces inexplorado en Río Grande: una historiografía de los pequeños relatos, de la vida cotidiana y de aquellas trayectorias femeninas que, de no mediar su trabajo, probablemente hubieran permanecido en el anonimato. Su labor consistió en rescatar del silencio y de los escombros de la historia las experiencias de artistas, cocineras, educadoras, luchadoras populares, militantes, investigadoras, gobernantes y tantas otras mujeres que contribuyeron, desde distintos ámbitos, a la construcción de la ciudad.
El listado es extenso. El propósito inicial del proyecto fue narrar la historia de cien mujeres; sin embargo, con el paso del tiempo, la iniciativa adquirió vida propia y ese número comenzó a adquirir un carácter más simbólico que definitivo. La historia de las mujeres en Río Grande no solo interpela las relaciones de género, sino que también cuestiona una narrativa tradicional que ha presentado la fundación y el desarrollo moderno de la ciudad como la obra casi exclusiva de hombres considerados «notables».
En ese sentido, Alejandra Lizardo le pasa el cepillo a contrapelo a la historia de Río Grande, para utilizar la célebre expresión de Walter Benjamin. Su proyecto propone mirar la sociedad fueguina desde otra perspectiva, desplazando el foco desde los grandes acontecimientos y las figuras consagradas hacia las experiencias cotidianas y las trayectorias invisibilizadas. Así aparecen mujeres vinculadas, en ocasiones, a los espacios de poder político y económico, pero también aquellas cuya historia transcurrió lejos de las estancias y de los relatos oficiales: en bares, escuelas, comercios, organizaciones sociales y en las frías calles de Río Grande. Son historias atravesadas por la decisión de emigrar, de abandonar el suelo natal del «Norte» —esa expresión tan característica del extremo sur argentino— y apostar por construir una vida en Tierra del Fuego. Allí radica, precisamente, uno de los mayores aportes del proyecto: demostrar que la historia de Río Grande también fue escrita por mujeres cuyas voces permanecieron, durante demasiado tiempo, relegadas a los márgenes de la memoria colectiva.

Alejandra, como buena artesana de la escritura, sabe que lo más valioso debe hacerse despacio. Seleccionar a las entrevistadas, pensar las preguntas adecuadas, encontrarse personalmente —o a través de una videollamada o una conversación telefónica—, solicitar autorización para grabar, transcribir largas horas de conversación. Luego llega quizá la decisión más difícil: elegir qué historias conservar, qué detalles destacar y cuáles dejar en silencio. Porque escribir también consiste en administrar silencios.
Después aparece su sello personal. Una escritura cada vez más cercana a la literatura, aunque sin abandonar el rigor periodístico. A mi juicio, esa es la mejor combinación posible. Detrás de cada relato que puede leerse en apenas unos minutos existe un trabajo paciente, minucioso y profundamente humano; demasiado humano.
Quien escribe estas líneas regresó a Río Grande sabiendo poco y nada de la historia de la ciudad. Tuve entonces la fortuna de conocer a Alejandra Lizardo en distintos ámbitos culturales y, a través de sus conversaciones y de sus escritos, aprender sobre política, sobre la cultura fueguina y sobre ese entramado cotidiano que rara vez encuentra lugar en los manuales. Descubrí que, aunque la ciudad parecía la misma que había dejado veinte años atrás, nada permanecía igual. El tiempo también trabaja sobre las ciudades: las transforma silenciosamente y modifica la manera en que las habitamos y las recordamos.
Cuando alguien me pregunta cómo conocer Río Grande, mi respuesta suele ser la misma: primero, salga a caminar sus calles; después, lea —aunque sea una vez al día— uno de los relatos de Mujeres de nuestra historia. Entre ambas experiencias probablemente encuentre una ciudad distinta.
El sitio puede consultarse en: https://www.100rgmujeres.com.ar/
Colofón
Alejandra, querida: espero que sigas escribiendo durante muchos años más. Lo escrito hasta aquí apenas alcanza para sugerir la magnitud de tu proyecto. Confío, sin embargo, en que despierte en quienes te leen el deseo de conocer más acerca de Río Grande y de esas mujeres que hicieron posible su historia.
Pienso entonces en un poema de Adrienne Rich, Buceando en los restos del naufragio, cuyos versos parecen dialogar con el espíritu de tu trabajo:
Somos los instrumentos medio destruidos
que una vez mantuvo un rumbo
el tronco carcomido por el agua
la brújula ensuciada.
Nosotros somos, yo soy, tú eres
por cobardía o por valentía
aquel que encuentra nuestro camino.
Volver a esta escena
portando un cuchillo, una cámara
un libro de mitos
en el cual
nuestros nombres no aparecen.
Quizás de eso se trate también escribir historia: de devolver un nombre allí donde, durante demasiado tiempo, solo hubo silencio.

(*) Franco Riquelme – Profesor de Historia. Cursando Doctorado en Historia (Universidad Nacional del Nordeste)
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