En un contexto de retracción económica y cambios en los hábitos cotidianos, el debate sobre qué carnes se consumen y cuáles quedan fuera del plato dejó de ser solo gastronómico para convertirse en una discusión sanitaria, cultural y de derechos.
“¿Nuestro cuerpo está preparado para consumir todo tipo de carne?” es una pregunta que, en estas semanas, vuelve con fuerza en familias que revisan el presupuesto, ajustan el menú y buscan alternativas.
Desde la nutrición, la respuesta inicial es clara: el organismo puede digerir la carne siempre que cumpla condiciones básicas de preparación y seguridad.
En diálogo con ((La 97)) Radio Fueguina, la nutricionista Nadia Shapiro sostuvo que “la realidad es que sí estamos preparados para consumir este tipo de carnes” y la explicación se centra en lo esencial del alimento. “La base de estos alimentos es la proteína”.
Sin embargo, más allá de la biología, aparece un segundo factor que pesa tanto como el primero: la aceptación social. “El tema es que no solamente nos nutrimos o no nos alimentamos solamente para nutrir”, mencionó la licenciada en el programa “Un gran día”.
En la práctica, el costo y la necesidad pueden empujar a probar carnes menos conocidas, pero el cuerpo y la mente no reaccionan igual en todos los hogares. “Hay una cuestión con la aceptación cultural de esos alimentos”, agregó.
Un ejemplo que sirve para dimensionar esa distancia entre posibilidad y costumbre es la carne de guanaco. Para la nutricionista, lo que suele ocurrir con esta carne no es una incompatibilidad del organismo, sino el impacto de lo cultural sobre el consumo.
“La carne de Guanaco quizás da impresión” pero “es una de las carnes más magras que existe”.
En paralelo, el punto sanitario no se puede negociar. La seguridad alimentaria depende del proceso, desde el momento en que se obtiene el producto hasta que llega a la mesa. “El problema que tenemos es cómo garantizar la seguridad de estos alimentos”. Y esa garantía no es abstracta: requiere “que pasen por procesos adecuados para que el alimento sea seguro”.
La preparación es el paso que define si la carne que se consume puede ser beneficiosa y segura, independientemente de la especie. “El proceso de digestión va a ser igual no va a haber una modificación al respecto”. Aun así, la condición mínima es que el producto esté bien elaborado “desde que se mata el animal hasta que llega el producto final a la mesa”, porque “mientras se garantice eso no habría problema”.
En la Argentina y en otros países, el cambio de dieta en crisis también instala costumbres que antes parecían impensadas. “Con toda la cuestión económica que está afectando el país la gente va buscando nuevas estrategias justamente para poder sobrevivir”.
La misma lógica aparece en distintos momentos históricos: cuando el alimento escasea o se vuelve inaccesible, se amplía el rango de lo que se intenta comer. “Si vuelvo un poquito más atrás en la crisis de los 90 o el 2001” hubo situaciones similares en la provincia de Santa Fe, donde la gente llegó a comer gatos. “La cuestión es cultural”, teniendo en cuenta que en otras regiones ese animal de consumo recurrente.
El componente cultural también impacta en el bienestar inmediato: hay personas que sienten malestar ante carnes con las que no crecieron acostumbradas. “Al mismo tiempo alguna gente le genera malestar porque no está preparado psicológicamente o culturalmente para comerlo”.
En general en Argentina el hábito se construye alrededor de carnes tradicionales como vaca, pollo y cerdo, y fuera de ese marco aparecen frenos. “Nosotros estamos acostumbrados a comer carne de vaca, carne de pollo, carne de cerdo”.
En ese escenario, el derecho a la alimentación se vuelve un eje central del debate. “Dentro de los Derechos Humanos el derecho a la alimentación habla del derecho a una alimentación sana, segura y soberana”.
Ese derecho se limita por imposiciones culturales, el acceso queda condicionado. “No es soberana la alimentación si yo no puedo comer lo que es culturalmente aceptable. Entonces tengo el derecho vulnerado”.
Mientras algunas familias prueban alternativas como el guanaco, otras se refugian en productos que resultan accesibles y rendidores para la comida diaria. “Ha aumentado el consumo de embutidos como en todas las crisis porque es algo que va a llenar” y, además, suelen aportar una alta densidad de grasa. “Tiene mucho contenido de grasa” y, aunque también contienen proteína, el resultado no siempre es el más saludable.
“La mayoría consume alimentos de baja calidad”, resume la nutricionista, al tiempo que marca la lógica de la supervivencia: “Uno busca la estrategia que tiene para sobrevivir”.
La comparación entre opciones aparece entonces con fuerza. En términos de salud, la nutricionista establece diferencias directas en la calidad nutricional. Entre un embutido y un churrasco de carne de guanaco la conclusión es tajante.
“Otra de las opciones es comer muchos medallones que también vienen pre fritos, son ultraprocesados, se elaboran a granel, son un poco más económicos, pero no son lo más saludables”.
Vale mencionar que en Santa Cruz ya están comiendo la carne de guanaco. El gobierno de esa provincia patagónica, en en acuerdo con frigoríficos, ha decidido comenzar a trabajar la carne de Guanaco, que cuesta alrededor de 6.000 pesos el kilo, y la gente ha empezado a consumirla. Sin embargo, seguramente todavía existen algunos prejuicios culturales.
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