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Viajaron una semana para ver media hora al padre de familia

Él es un militar que trabaja en la Base Marambio de la Antártida Argentina. Recién llegados del Sur, compartieron su particular experiencia después de estar casi un año sin ver al hombre de la casa.

Base_marambio_cartel

La familia Escudero están recién llegados de un viaje de 4.000 kilómetros hacia el más profundo Sur del país: la Antártida. La travesía que emprendieron les demoró una semana, entre los trasbordos en Buenos Aires, Río Gallegos y el cruce a esa porción de hielo que casi se pierde de los mapas. Todo, para compartir una media hora con el padre de la familia, al que hace casi un año que no veían personalmente porque se fue a trabajar a Base Marambio.
“La vez anterior se fue por 3 meses, pero eran casi unas vacaciones para mí y los chicos no existían. Ahora es otra cosa”, contó Sandra, la esposa del suboficial principal Jorge Eduardo Escudero. “Esto era un objetivo en la vida de mi marido. Yo lo sabía. Así que lo charlamos entre nosotros y nos propusimos cumplir esta meta”, comentó como si fuera lo más normal del mundo.
Claro que a diferencia de la primera vez, hace más de 10 años, no existían las tecnologías que hoy permiten que a diario puedan comunicarse y verse mediante videollamadas por Skype. “Antes yo tenía que esperar una cierta hora para que él me llamara por teléfono y era caro. Y si no podía llamar, era esperar al otro día a la misma hora. En cambio ahora ellos tienen más tecnologías que nosotros, mejor señal, Direct TV”, dijo la mamá y jefa familiar en este periodo de ausencia masculina.
“Es una experiencia linda, es una prueba y es duro. No digo que no. Pero hay que salir adelante”, contó pletórica de orgullo por su familia. “Hemos aprendido de mecánica, de electricidad, de plomería”, cuenta entre risas, recordando las reparaciones caseras que realizó en estos meses. “Y se extraña, pero uno no se puede quedar atrás”, apuntó la madre. Para los hijos también ha sido agridulce. Pasaron los cumpleaños sin papá. Y la Navidad 2012 fue particularmente emotiva para Brenda, la hija mayor. “Porque era él el que se levantaba primero y nos decía ¡feliz Navidad!”, alcanzó a comentar, embargada de emoción. Y por el otro lado, gracias a este proceso tuvieron la oportunidad imperdible de conocer la Antártida.
“Es todo blanco y ventoso, y muy resbaloso”, acotó Fabricio, el hijo menor. Llevaban un cartel que al desplegarse fue azotado por el vendaval y se rasgó, pero que cumplió con el fin de expresar amor. El mismo que se vislumbró más tarde en la videocomunicación con “Pichi”, vía Skype. Se le achinaban los ojos al ver por la camarita de la computadora cómo su hijo se había quedado dormido sobre la mesa.
El sacrificio familiar, consideran, ha valido la pena. Era la chance de Jorge de cumplir con un sueño y de generar los ingresos que necesitaban. Pero sobre todo, la distancia los unió más. Y ahora que pasó la mayor parte del tiempo, se los devora la ansiedad por volverse a ver. Será a fin de año.

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