La piel, un órgano que trabaja más de lo habitual
La piel es el órgano más extenso del cuerpo humano y cumple funciones clave: actúa como barrera protectora, regula la temperatura o nos defiende frente a agentes externos. Durante el verano, esa tarea se intensifica. La pérdida de agua es mayor, los poros tienden a obstruirse con facilidad y la exposición solar prolongada altera sus mecanismos naturales de reparación. El calor intenso, la radiación solar, el sudor y el contacto frecuente con agua salada o clorada pueden generar irritaciones, manchas o brotes. Por eso, los dermatólogos advierten que en esta época aumentan las consultas. No se trata sólo de una cuestión de estética: una piel sana es también una piel protegida.
¿Cómo cuidar la piel en verano?
1- Limpieza diaria
Uno de los problemas más frecuentes del verano es el exceso de sudor y grasa en la superficie de la piel. Esto favorece la acumulación de impurezas y puede derivar en la aparición de granos, puntos negros o irritaciones, especialmente en el rostro.
Mantener una limpieza regular, sin recurrir a productos agresivos, resulta clave. Lavá tu piel por la mañana y por la noche con productos suaves y realizá una exfoliación semanal, evitando hacerlo justo antes de exponerte al sol. Así estarás eliminando residuos y células muertas.
2- Controlar los cambios en la piel
Durante el verano es más fácil notar manchas nuevas, modificaciones en lunares o la aparición de lesiones que antes no estaban. La mayor exposición de la piel facilita su detección, pero también incrementa el riesgo de que esas alteraciones evolucionen si no se controlan a tiempo.
Ante cualquier cambio persistente en color, tamaño o textura, la consulta con un/a dermatólogo/a resulta fundamental. Es importante realizar un control regular de los lunares, idealmente una vez al año. Un control temprano pude marcar la diferencia en la detección de lesiones precancerosas o cáncer de piel.
En paralelo, hay quienes aprovechan la temporada para revisar su esquema general de cuidados y asegurarse de contar con acceso regular a controles médicos y seguimiento dermatológico.
3- Hidratación constante
El calor acelera la deshidratación del organismo y la piel es uno de los tejidos que más rápido lo evidencia. La sensación de tirantez, aspereza o descamación es habitual cuando no se reponen los líquidos perdidos.
La hidratación externa, mediante cremas o lociones acordes al tipo de piel, contribuye a mantener la humedad superficial. Sin embargo, el cuidado no se limita a lo que se aplica desde afuera. Beber agua de forma regular y sostener una alimentación rica en frutas y verduras frescas mejora la elasticidad y la regeneración cutánea.
4- Protección solar todos los días

El uso de protección solar es el pilar del cuidado en verano. Incluso en días nublados, reduce de forma significativa el riesgo de lesiones. Aplicala 20 minutos antes de salir, renovala cada 2 o 3 horas y complementala con el uso de sombreros que cubran rostro, orejas y cuello, gafas con protección UV y ropa ligera, especialmente entre las 10 y las 16 horas (las horas de mayor radiación).
La exposición solar es el factor que más condiciona la salud de la piel en verano. Aunque sus efectos beneficiosos son conocidos, la radiación ultravioleta tiene un impacto acumulativo que no siempre se manifiesta de inmediato. Las quemaduras visibles son solo la expresión más evidente de un daño que también puede producirse sin dolor ni enrojecimiento.
5- Proteger las zonas más sensibles
No todas las áreas del cuerpo responden de la misma manera al sol. Cara, cuello, escote y manos concentran una gran parte de las consultas dermatológicas vinculadas al fotoenvejecimiento. Son zonas que reciben radiación directa durante todo el año y donde los cambios suelen hacerse visibles con mayor rapidez.
También los labios y el contorno de los ojos requieren atención especial. Su piel más fina es particularmente vulnerable al sol y al viento, por lo que incorporar cuidados específicos en la rutina diaria ayuda a prevenir daños persistentes.
6- Alimentación de acuerdo con la estación
Aprovechá los alimentos frescos de temporada: frutas, verduras y legumbres. Aportan vitaminas, minerales y antioxidantes. Estos nutrientes cumplen un rol relevante en la protección celular y en la respuesta de la piel frente a la agresión ambiental.
Evitá el exceso de alcohol, bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, que también contribuyen a la deshidratación y la pérdida de tonicidad cutánea. Aunque los efectos no son inmediatos, una alimentación equilibrada se refleja con el tiempo en una piel más resistente y con mejor capacidad de recuperación.
Un cuidado que no termina con la temporada
El impacto del sol sobre la piel no se limita a los meses de calor. Muchas de sus consecuencias aparecen con el paso del tiempo, cuando la exposición ya quedó atrás. Por eso, incorporar hábitos de cuidado sostenidos, más allá de la época estival, es una forma de prevención a largo plazo.Lejos de responder a modas o rutinas complejas, el cuidado de la piel se apoya en decisiones simples, informadas y constantes. Contar con controles médicos regulares y seguimiento profesional es parte de ese enfoque, y para muchas personas, cotizar una prepaga es una forma de acompañar esos cuidados durante todo el año.
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