Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, definió con precisión el objetivo geoeconómico de su administración: erigir una zona económica única y próspera desde Alaska hasta Tierra del Fuego.
Esta declaración, realizada al medio «La Derecha Diario», trasciende la mera aspiración comercial y se inscribe en una doctrina histórica que concibe al Hemisferio Occidental como un espacio de influencia ineludible para Washington.
Al afirmar que no se «tercerizará» la seguridad regional y al criticar a la gestión Obama por una «oportunidad perdida», Bessent reactualiza un proyecto de integración vertical bajo liderazgo unilateral, coincidente con documentos oficiales que buscan primacía política, económica y militar.
El anuncio adquiere una dimensión analítica particular al vincularse con eventos recientes en el extremo sur continental. La intervención en Venezuela del 3 de enero y, de modo más simbólico, el aterrizaje no notificado de un avión del Departamento de Defensa estadounidense en Ushuaia días atrás, tejen un contexto de hechos que complementan la retórica económica con gestos de capacidad operativa y discreción forzada. Este patrón sugiere una estrategia multifacética donde la persuasión económica y la demostración de presencia se potencian.
Históricamente, esta visión se plasmó en el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), impulsada por los Bush y derrotada en la Cumbre de Mar del Plata de 2005 por la oposición articulada del Mercosur.
La referencia a Tierra del Fuego por parte de Bessent no es casual: señala el límite geográfico de la ambición y, a la vez, evoca un punto de proyección estratégica hacia la Antártida.
Su reflotamiento analítico hoy responde a un cálculo que reevalúa las resistencias pasadas bajo un nuevo balance de poder regional, intentando reescribir el final que tuvo lugar en Mar del Plata, donde una consigna popular sintetizó el rechazo: «ALCA, al carajo».
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