44 años después de la guerra, excombatientes y familiares de soldados caídos volvieron a las Islas Malvinas con un objetivo «tan simple como profundo»: homenajear a los que quedaron en Darwin y cerrar heridas que el paso del tiempo «nunca terminó de borrar». La delegación, integrada por veteranos de La Matanza, La Plata y Córdoba, familiares y periodistas, visitó además Monte Longdon y Sapper Hill, escenarios de «algunos de los combates más duros del conflicto».
El momento más conmovedor fue en el cementerio argentino de Darwin, donde descansan 237 soldados. Los visitantes se dispersaron apenas llegaron, sin necesidad de palabras, porque cada uno sabía «exactamente a quién había ido a buscar». Sobre las lápidas dejaron cartas, rosarios, banderas y mensajes escritos a mano, hubo abrazos a las cruces y largos silencios, y la delegación cantó el Himno Nacional.

Asimismo, Ramón Robles, presidente de la Confederación de Veteranos de Malvinas y uno de los impulsores del viaje, expresó a la agencia EFE que se trató de «un viaje humanitario, para cerrar etapas y librarse de fantasmas». Detalló que durante los siete días de recorrido cada integrante volvió mentalmente a 1982, ya que «cada uno que encontró el lugar donde estuvo es como que volvió a los 18 años». Por las noches, en el hotel, reconstruían recuerdos y se preguntaban una y otra vez «¿Cómo aguantamos esto?», recordó.
En esta misma línea, Eduardo Albornoz, que tenía 18 años cuando lo enviaron a las islas, mencionó que «todos teníamos un mes de incorporados al servicio militar». Con el bloqueo británico, la comida escaseó y «todos bajamos 14 o 15 kilos», recordó, y relató que la alimentación diaria se redujo a una taza de sopa de sémola por la mañana y otra por la noche. Al volver a los lugares donde combatió, reflexionó: «He llorado acá, he llorado en el Monte Longdon, porque fue una guerra tan absurda, en un territorio tan grande, tan mal cubierto, con un ejército tan pobre como el nuestro».
Miriam Gramisci viajó para despedirse de su hermano Donato, muerto en combate tres días antes de la rendición. Durante años sus restos estuvieron bajo una lápida con la inscripción «Soldado argentino solo conocido por Dios», hasta que en 2018 fue identificado por ADN gracias a un proyecto humanitario de la Cruz Roja Internacional. Frente a su tumba, expresó: «Pienso que este es su lugar. Por más que esté lejos de su familia, lejos de lo que fue su casa, es el lugar donde él, sin elegirlo, eligió estar».

Fabián Passaro, sobreviviente de Monte Longdon e integrante del Centro de Ex Combatientes Islas Malvinas de La Plata, afirmó que ver las cruces en «la inmensidad de la estepa de Darwin» lleva a pensar en «cuántas vidas truncadas», porque «a los 18 o 19 años nadie está preparado para morir». Marcelo Martínez, otro de los veteranos, relató que «fue muy fuerte llegar» y que, tras quebrarse en el cementerio, sintió «una sensación de paz», ya que «era algo que les debía a los compañeros, pisar las islas y visitarlos».
La recorrida incluyó Monte Longdon, donde una inesperada nevada acompañó a los veteranos, y Sapper Hill, sitio del último combate terrestre antes de la rendición del 14 de junio de 1982. A 44 años de la guerra, el viaje no cambió el pasado ni borró el dolor, pero para muchos significó cumplir una promesa pendiente.
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