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Península Mitre en invierno

Una travesía hacia el silencio y los límites de la naturaleza fueguina

Francisco “Paco” Giménez relató una travesía invernal por Península Mitre, un territorio remoto de Tierra del Fuego donde el desafío físico y mental se combinan con paisajes únicos, historia, silencio y una naturaleza extrema.

En el confín suroriental de Tierra del Fuego existe un territorio donde los mapas parecen perder precisión y donde la naturaleza impone sus propias reglas. Península Mitre, declarada recientemente área natural protegida mediante legislación provincial, representa uno de los ambientes más singulares y valiosos de la provincia, con costas sobre el océano Atlántico y el canal Beagle, montañas, turberas, bosques, ríos y una historia marcada por la presencia originaria de exploradores y antiguos pobladores.

Ese escenario fue el protagonista de una experiencia invernal relatada en ((La 97)) Radio Fueguina por el abogado y expedicionario Francisco “Paco” Giménez, conocedor profundo del lugar y habitual caminante de sus senderos inhóspitos, quien junto a un grupo de amigos realizó una expedición de exploración para reconocer las condiciones del territorio durante la época más exigente del año.

“Recorrer península Mitre es, además del esfuerzo físico, básicamente mental. Hay que estar muy fuerte, Mitre te somete a todo tipo de inclemencias, de desafíos y es superar a veces barreras mortales, barreras mentales que uno dice ‘no doy más, no llego’, y uno trata de llegar a algún lado y seguir avanzando”, describió.

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Remota y misteriosa

Península Mitre es una región dramáticamente despoblada, ubicada en el extremo sudeste de la isla Grande de Tierra del Fuego. Su aislamiento, la dificultad de acceso y sus condiciones climáticas contribuyeron durante décadas a preservar un ecosistema de enorme valor ambiental. La zona cuenta con una de las mayores concentraciones de turberas del país y constituye un refugio de biodiversidad, con especies adaptadas a un clima frío, húmedo y cambiante.

Para Giménez, la experiencia comenzó con una preparación que combinó conocimiento previo, planificación y respeto por un territorio que ya había recorrido en numerosas oportunidades durante el verano. “Este año con un grupo de amigos decidimos ir a conocer Mitre en invierno”, explicó, recordando que habitualmente realiza recorridos durante enero.

“La conocemos bastante en verano, en enero siempre nos tomamos un mes para recorrerla toda. Y en invierno la íbamos a hacer con un amigo, con Chipo, el año posterior al que desapareció, tuvo el accidente Elio Torres. Nos asustamos, el desafío era mayor, así que este año decidimos ir a conocer, a probar equipo, a recorrer el terreno para ver si en algún momento nos animamos y logramos dar toda la vuelta completa”, relató.

La vuelta completa a península Mitre es quizás la travesía más exigente de Tierra del Fuego. El recorrido tradicional une la estancia María Luisa, sobre la costa atlántica, con Moat, cerca de la zona de Harberton, sobre el canal Beagle. Son aproximadamente 350 kilómetros atravesando playas, cordillera, valles, ríos y zonas donde el clima puede modificar completamente las condiciones de avance.

Nieve, hielo y silencio

La expedición invernal tuvo una característica particular: no buscó completar la vuelta total, sino conocer el comportamiento del terreno, evaluar equipos y comprender las diferencias entre caminar en verano y hacerlo durante los meses fríos.

“En esta oportunidad salió desde Moat un amigo, un compañero de ruta, el Vasquito, un chico de Ushuaia muy fuerte mentalmente, físicamente, chiquitito, es terrible lo que trepa. Salió caminando y nos esperó en Puerto Español”, contó.

Mientras algunos integrantes se trasladaron en velero, otro de los participantes realizó una extensa caminata desde Moat, bordeando Cabo San Pío, Sloggett y atravesando sectores interiores por los valles hasta llegar a Puerto Español. Allí comenzó la concentración del grupo, que permaneció durante una semana realizando salidas de reconocimiento.

El invierno transformó completamente un paisaje conocido. Giménez explicó que durante el verano la península puede presentar varios climas en pocas horas, con lluvias, viento, nieve ocasional y cambios repentinos. Sin embargo, encontró otra realidad durante esta visita invernal.

“Me sorprendió que era muy calmo. No había mucho viento, no sufrimos el viento, muy calmo. Días espectaculares pero de repente venía una tormenta negra de viento y nieve y eso hizo también que empezáramos a replantearnos qué íbamos a hacer”, señaló.

Uno de los mayores desafíos fue el estado del terreno cubierto por nieve. Los ríos congelados, las trampas naturales y la dificultad para distinguir superficies seguras obligaron al grupo a tomar decisiones con prudencia.

“Había que elegir muy bien las rutas porque si uno, a diferencia del verano que uno camina por ríos, vadeando los ríos, en este invierno eso no era posible. Y además al estar todo cubierto de nieve era muy fácil caer en alguna trampa de castorera, porque se ve todo igual”, explicó.

La experiencia también reforzó una enseñanza que Giménez considera fundamental: la necesidad de escuchar a quienes conocen el territorio: “Uno lo que aprendió es a respetar mucho, a tener miedo y a preguntar. Y bajar a veces esa soberbia que uno puede tener, hace diez años que ando por acá. Pero no, hacerle caso realmente a los que saben, a los que transitaron”.

El vínculo del abogado con península Mitre comenzó hace una década, luego de una recuperación médica que modificó su relación con la actividad al aire libre. “Empecé a caminar después de estar operado de columna, con unas placas y tornillos que tengo. Le pregunté a mi cirujano y me dice ‘empezá a caminar y da vuelta a la manzana, vos te vas a dar cuenta’. Y seguí caminando”, recordó.

En 2016 realizó junto a su compañero Chipo la primera vuelta completa a Península Mitre. “Fue durísima, no teníamos experiencia, no había la gente para preguntarle cómo era, no había mapas, no había la comunicación que hay hoy”, sostuvo.

Desde entonces, enero se convirtió en una fecha habitual para regresar al lugar. La expedición invernal permitió sumar nuevos aprendizajes sobre un ambiente que, incluso para quienes lo recorrieron muchas veces, continúa siendo imprevisible.

Historia, memoria y un paisaje intacto

Además del desafío físico, Giménez destacó la dimensión emocional que genera permanecer en península Mitre. Para él, una de las razones por las que tantas personas regresan está relacionada con una experiencia difícil de encontrar en otros lugares.

“En península Mitre los silencios y los sonidos uno no los encuentra en ningún otro lado”, afirmó. “Esos sonidos de un pájaro que pasó cerca, del viento, de las olas del mar, un toro o lo que fuere”.

La inmensidad del territorio, la distancia de la vida urbana y la ausencia de comunicaciones constantes generan una percepción diferente del tiempo: “Cuando uno está en la civilización acá todos los días con las comodidades, con los afectos cerca, uno a veces pierde ese sentimiento de añorar”, reflexionó.

La expedición tuvo una duración aproximada de diez días y el recorrido realizado por el integrante que caminó desde Moat alcanzó cerca de 150 kilómetros en condiciones invernales de nieve, hielo y ríos.

La comparación con el verano muestra la diferencia entre ambas experiencias: mientras una vuelta completa puede realizarse en unos 20 días según la ruta elegida, en invierno podría demandar alrededor de 30 días por la menor cantidad de horas de luz y las dificultades adicionales.

“La logística es distinta, las necesidades son distintas, pero sí lo que aprendimos es ahora sobre todo a cuidarnos, a respetar la naturaleza, respetar el clima”, indicó.

Dentro de los lugares históricos vinculados a la zona aparecen las cuevas de Gardiner, en bahía Aguirre, asociadas a una de las historias más conocidas de exploradores religiosos del siglo XIX. Giménez recordó el episodio protagonizado por el pastor anglicano Allen Gardiner y otros integrantes de una misión que intentó establecer contacto con pueblos originarios y terminó con sus integrantes falleciendo por inanición en esas cuevas.

“Es una historia espectacular e increíble la valentía de toda esa gente hace 200, 300 años, de una fe increíble en sus creencias”, expresó.

La reciente protección legal de Península Mitre por parte de la provincia consolidó un proceso de décadas de reclamos ambientales y sociales para preservar un territorio considerado estratégico por sus valores naturales y culturales. La declaración como área protegida busca garantizar la conservación de sus ecosistemas, ordenar las actividades humanas y promover un turismo responsable.

Para Giménez, conocer ese lugar no implica solamente superar una dificultad deportiva, sino comprender una relación distinta con el entorno: “Cualquiera puede ir, aunque sea haciendo el esfuerzo en verano con gente que sepa y en invierno por ahí darse una vuelta en un velero, que puedan juntarse un grupo de amigos. Pero ir con el solo hecho de estar en la experiencia, estar un par de días ahí, cuidarse, si van con alguien. Es algo que no se puede creer lo que tenemos en Tierra del Fuego”.

Península Mitre se erige así como uno de los últimos grandes territorios salvajes de la Argentina, un espacio donde la historia, la aventura y la conservación se encuentran en un paisaje que todavía conserva la capacidad de sorprender incluso a quienes vuelven una y otra vez.

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