Escribe: Franco Riquelme (*)
Hay una pregunta que rara vez nos hacemos cuando llega el aniversario de una ciudad: ¿qué es exactamente lo que conmemoramos?
Podríamos responder que recordamos una fecha, un decreto o un acto fundacional. Sin embargo, la historia nos enseña que las conmemoraciones son mucho más que una evocación del pasado. Son una forma de construir memoria. Cada aniversario supone una elección: entre la infinidad de acontecimientos que conforman una historia, una comunidad decide convertir uno de ellos en símbolo y regresar a él año tras año. Las efemérides no solo hablan del tiempo que evocan; también dicen mucho acerca de la sociedad que las celebra.
El 11 de julio ocupa ese lugar para Río Grande. Ese día de 1921, mediante un decreto del Poder Ejecutivo Nacional, se creó la Colonia Agrícola de Río Grande, una decisión que fortaleció la presencia institucional del Estado en el norte de Tierra del Fuego y terminó consolidándose como la fecha oficial del nacimiento de la ciudad. La importancia de aquel acontecimiento es indiscutible. Pero, al mismo tiempo, invita a una reflexión que trasciende el calendario: ¿puede una ciudad reducir su origen a un único día?
Probablemente no.

Las ciudades rara vez nacen cuando un documento las reconoce. Antes de existir en los archivos, existen en el territorio; antes de ser administradas, son habitadas. Mucho antes del decreto de 1921, estas planicies eran recorridas por el pueblo selk’nam, que durante milenios desarrolló una profunda relación con el norte de la isla. Sus desplazamientos, sus ceremonias y sus formas de comprender el paisaje constituyen el primer capítulo de una historia que durante demasiado tiempo permaneció relegada de los relatos oficiales.
Las ciudades rara vez nacen cuando un documento las reconoce. Antes de existir en los archivos, existen en el territorio; antes de ser administradas, son habitadas.
Más tarde llegaron las grandes estancias ganaderas, la expansión de la economía ovina, las misiones religiosas, el comercio y las primeras instituciones estatales. El río que dio nombre a la ciudad comenzó a convertirse en un punto de encuentro para trabajadores, comerciantes, viajeros y funcionarios. Poco a poco fue tomando forma una comunidad que existía mucho antes de que el Estado decidiera fijar una fecha para su nacimiento.
Por eso las fundaciones siempre encierran una paradoja. Son necesarias porque ordenan la memoria pública, pero también simplifican procesos mucho más largos y complejos. La historia necesita fechas; las sociedades necesitan relatos. Sin embargo, los historiadores sabemos que los procesos rara vez comienzan o terminan en un solo momento. Las fechas organizan el calendario; los procesos explican las ciudades.

La historia de Río Grande puede leerse, precisamente, como una sucesión de capas que nunca terminaron de reemplazarse unas a otras. Fue territorio indígena antes de convertirse en frontera estatal. Fue estancia antes que parque industrial. Fue frigorífico y petróleo antes de ser electrónica. Fue puerto de llegada para miles de familias provenientes de distintos rincones del país, que encontraron en el régimen de promoción industrial la posibilidad de construir una nueva vida en el extremo austral.
La historia de Río Grande puede leerse, precisamente, como una sucesión de capas que nunca terminaron de reemplazarse unas a otras. Fue territorio indígena antes de convertirse en frontera estatal. Fue estancia antes que parque industrial. Fue frigorífico y petróleo antes de ser electrónica
Cada uno de esos momentos dejó huellas visibles e invisibles. Los barrios crecieron junto con las fábricas; las escuelas acompañaron el aumento de la población; las instituciones culturales, deportivas y sociales tejieron vínculos que transformaron un asentamiento en una ciudad. La provincialización de Tierra del Fuego abrió un nuevo capítulo político, mientras que la causa Malvinas terminó de consolidar una identidad profundamente ligada al Atlántico Sur y a la soberanía nacional.
Quizás por eso resulte tan difícil definir qué es Río Grande. No existe una única respuesta. Es una ciudad de antiguos pobladores y de migrantes; de trabajadores rurales, petroleros e industriales; de docentes, científicos, artistas y comerciantes. Es una ciudad atravesada por el viento, pero también por una persistente voluntad de permanecer. Quien ha vivido aquí sabe que el paisaje exige paciencia, solidaridad y una particular manera de habitar el tiempo.

Conmemorar un aniversario también debería invitarnos a revisar aquello que durante mucho tiempo quedó al margen de la memoria pública. Durante décadas, la historia local privilegió los relatos de la colonización, del progreso económico y de la presencia estatal. Hoy la mirada es necesariamente más amplia. Reconocer la historia de los pueblos originarios, de las mujeres, de los trabajadores, de los migrantes y de tantos actores anónimos no implica cuestionar el pasado, sino comprenderlo en toda su complejidad. Una memoria democrática no elimina relatos; los amplía.
Durante décadas, la historia local privilegió los relatos de la colonización, del progreso económico y de la presencia estatal. Hoy la mirada es necesariamente más amplia
Tal vez ese sea el verdadero sentido del 11 de julio. No repetir mecánicamente una cronología conocida, sino detenernos a pensar cómo llegamos hasta aquí. Comprender que una ciudad no es únicamente el resultado de sus edificios, sus calles o sus estadísticas, sino también de las experiencias compartidas, de las memorias familiares y de las historias que cada generación decide transmitir.
Las ciudades nunca terminan de nacer. Se reinventan con cada barrio que crece, con cada escuela que abre sus puertas, con cada fábrica que produce, con cada institución que fortalece la vida colectiva y con cada persona que elige hacer de este rincón austral su hogar.
Quizás por eso el mejor homenaje que podamos hacerle a Río Grande no consista solamente en celebrar un nuevo aniversario, sino en seguir construyendo una ciudad capaz de dialogar con toda su historia. Porque una comunidad que conoce su pasado no queda atrapada en él: encuentra, precisamente allí, las herramientas para imaginar su futuro.

(*) Franco Riquelme: Profesor de Historia. Cursando Doctorado en Historia (Universidad Nacional del Nordeste)
Comentarios