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La Fueguina, 40 años de historia en Río Grande

A pocos meses de cumplir cuatro décadas, el propietario de Panadería La Fueguina, Gabriel Clementino, repasó los inicios del emprendimiento familiar, recordó la llegada de su padre desde Cosquín y destacó el vínculo construido con generaciones de riograndenses.

El año próximo la tradicional e histórica panadería La Fueguina, de Río Grande, cumple 40 años. Su propietario, Gabriel Clementino, repasó en ((La 97)) Radio Fueguina la historia de una empresa familiar que nació en los años ochenta y terminó convirtiéndose en uno de los comercios más tradicionales de Río Grande. El aniversario todavía no llegó, pero el balance ya comenzó.

“Río Grande nos marca, nos ha generado posibilidades a muchas familias de Tierra del Fuego. Mi familia puntualmente abrió la panadería en marzo del 87”, recordó Clementino sobre los orígenes.

La ciudad, dijo, fue el lugar que permitió construir un proyecto de vida: “Para nosotros es importante el público de Río Grande porque la verdad nos ha cobijado desde que llegó mi papá”.

Los primeros pasos fueron modestos, según su relato: “Empezó en San Martín y Estrada, un localcito chiquito”, contó sobre aquel negocio inicial que, con el tiempo, fue ampliándose a medida que surgían oportunidades de crecimiento y compra de propiedades.

Clementino

La historia comenzó mucho antes, en Cosquín, Córdoba, donde la familia ya tenía una panadería importante. Sin embargo, su padre buscaba un lugar donde el trabajo no dependiera de la temporada: “Mi papá se cansó un poco de trabajar muy bien en el verano para gastarse la plata en invierno. Acá por el clima, por el consumo y por la forma se daba la situación”.

El viaje al sur parecía apenas una exploración. “Vino en un Falcon con un amigo”, recordó Clementino. La sorpresa llegó cuando, pocos días después, avisó que ya había alquilado un local. “Nosotros pensábamos que era una aventura, que venía a ver qué pasaba”.

Así nació La Fueguina. “Empezó a hacer facturas, bizcochos, algo de pan casero, y empezó, empezó, empezó”, relató. El crecimiento fue rápido: “A los dos o tres meses alquiló el otro local y ahí comenzó”.

Con el tiempo, el resto de la familia se sumó al proyecto. Gabriel estudiaba Ciencias Económicas cuando su padre lo llamó para colaborar. Pero en otro momento, lo incitó a culminar los estudios: “Me dijo: ‘te vas a terminar la carrera, porque para panadero tenés tiempo’”. Pero el oficio ya formaba parte de su vida. “Yo he vivido en la panadería de chico, aprendí pastelería, aprendí facturas, toda la parte de pastelería”.

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Más adelante, incluso mientras ocupaba cargos en la función pública, nunca dejó de involucrarse en el negocio familiar. Cuando su padre pensó en vender, tomó una decisión definitiva: “Le dije: ‘No, yo quiero seguir con la panadería a full’”.

Desde entonces llegaron las cafeterías, las ampliaciones y el edificio nuevo inaugurado en 2011. “Es un tipo de negocio que nos trae muchas satisfacciones a mí y a mi hermana porque hacemos cosas lindas, con un producto muy noble” repasa con orgullo.

Para Clementino, el verdadero desafío no fue abrir un comercio sino sostenerlo: “Lo más difícil del negocio no es poner el negocio, sino mantenerlo en la cotidianeidad”, afirmó. Mantener la calidad cada día exige la misma atención que el primer día.

Sobre las claves de la permanencia, aseguró que no existe un secreto único: “Es multifactores” definió. Primero, explicó, hay que conocer el oficio: “Cuando veo una factura sé lo que tiene, lo que le falta o cuál es el problema”. Después aparece la constancia: “Nosotros cerramos tres días al año, el resto abrimos siempre en el mismo horario”.

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También destacó el orden financiero y la inversión permanente: “No todo lo que entra en la caja es tuyo. Primero están los sueldos, los proveedores, los alquileres y los servicios”. Y agregó que “hay que invertir, reponer, estar ordenados, no endeudarse y conocer los costos”.

Otro punto central es el equipo de trabajo: “Mi gente es parte de mi empresa, casi familia. Si están bien mis empleados, va a estar bien mi empresa”. Es que, para el empresario, el vínculo laboral debe construirse sobre la buena fe y el respeto mutuo.

Actualmente La Fueguina cuenta con cuatro sucursales. Aunque recibió propuestas para expandirse a Ushuaia, prefirió preservar el modelo construido. “Podríamos tener más sucursales, pero somos de una forma de ver el negocio”, señaló. Y reconoció que el mayor orgullo llega cuando los clientes destacan la atención: “Eso para mí es un valor muy bueno”.

Al mirar hacia adelante, todavía aparecen nuevos sueños. Entre ellos, una pequeña trattoria o una gelatería de estilo italiano. “Siempre tuve la idea”, confesó sobre el final de la entrevista. Pero, mientras tanto, el foco sigue puesto en aquello que comenzó hace casi cuatro décadas en un pequeño local de San Martín y Estrada y terminó convirtiéndose en parte de la memoria cotidiana de Río Grande.

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