Era una inmensa masa de gente. Estaban repartidos en distintos rincones de La Rotonda, en pequeños grupos que ocupaban cada espacio disponible. Sin embargo, por un rato, dejaron de ser individuos. Fueron una sola multitud celeste y blanca.
Argentina, otra vez con sufrimiento, volvió a ganar en un Mundial. Y no fue un partido cualquiera. Era el boleto directo a la final.
No fue cualquier partido. Este venía con sentimiento de hincha, de historia trágica y una revancha sin armas mortales. El país se enfrentaba en las semifinales a un rival que va mas allá del deporte: Inglaterra.
Días antes, Lionel Scaloni había intentado bajarle el tono al contexto. «Es solo un partido de fútbol», dijo el entrenador. Pero esta vez el pueblo eligió sentir otra cosa. Días antes del encuentro, el pensamiento común que invadían las redes sociales no concordaba con el entrenador; y así se llenaron de imágenes y publicaciones que compartía el mismo sentir: «Por los pibes de Malvinas, y por nuestras islas».
No me corresponde narrar el partido. Para eso están quienes los especialistas en el tema. Esta vez prefiero detenerme en otra escena: la de la gente.
En los últimos años, las diferencias políticas e ideológicas parecieron profundizarse hasta volver casi imposible cualquier punto de encuentro. Las discusiones ocuparon las mesas familiares, las redes sociales y hasta las amistades. Por momentos dio la sensación de que ya no quedaban motivos capaces de dibujar una misma sonrisa de norte a sur del país.

Pero llegó un Mundial.
Y, desde el 16 de junio, y tras cada partido ganado, la Argentina volvió a respirar el mismo aire. Un aire limpio de insultos, de etiquetas y de divisiones. Al menos en un sentido simbólico. Nadie preguntó a quién había votado el que tenía al lado. Nadie necesitó saber cuánto ganaba o qué pensaba sobre la realidad del país. Alcanzó con un gol, un abrazo y una camiseta celeste y blanca.
También ocurrió en Río Grande. La Rotonda, como cada sector clave de la ciudad, volvió a convertirse en ese lugar donde los desconocidos festejan como si se conocieran de toda la vida, donde los bocinazos reemplazan las discusiones y donde las banderas argentinas cubren, aunque sea por unas horas, todas las diferencias.
Quizás luego regresen los desacuerdos. Volverán las discusiones, las urgencias y los problemas de siempre. Pero desde el 16 de junio, hasta la fecha, quedó demostrado que, cuando la pelota empieza a rodar y el escudo argentino aparece en el pecho, todavía existe algo capaz de recordarnos que, antes que cualquier otra cosa, seguimos siendo parte de un mismo país.
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