La primera oración de esta reflexión sólo será para dejar vulgarmente explícito que, claramente, la visión de una periodista del Siglo XXI no es la misma, de la del centenio anterior. Con el paso del tiempo cambiaron las herramientas, el público y también la forma de producir y consumir información.
En las últimas décadas, el periodismo atravesó diversos procesos de transformación tan acelerados, como contradictorios. Durante años, el diario impuso un tiempo pausado para informarse con reflexión, mientras que la radio fue capaz de reducir ese lapso de espera a segundos. Más tarde, llegó el que parecía ser el dispositivo que nada superaría jamás: la televisión. Este aparato receptor permitió no sólo escuchar, sino también observar los hechos en tiempo real, a medida que fue perfeccionándose.
Sin embargo, ningún avance modificó tanto el ecosistema informativo como internet y luego las redes sociales. En menos de una década, estas plataformas alteraron la manera en que circulan las noticias, desplazando, en gran medida, a los medios tradicionales como primera fuente de información.
Pese a ello, y tal como se mencionó en párrafos anteriores, este increíble avance trajo consigo una contradicción difícil de ignorar: la calidad de la información comenzó a ceder terreno frente a la necesidad de comunicar cada vez más rápido. Todo parece indicar que ser veloz es más importante que ser preciso. Publicar antes que nadie comenzó a pesar más que verificar, dando como resultado que la ética periodística corra el riesgo de convertirse en un obstáculo en lugar de una guía.
En la era de la inmediatez, la ética demanda tiempo. Tiempo para constatar fuentes, para escuchar todas las versiones involucradas, como así también para comprender el contexto de un hecho y medir las consecuencias que pueda tener una publicación. Por su parte, en base a la lógica de las redes sociales apremia lo inmediato. Estos dispositivos no recompensan al que verifica mejor, sino al que llega a una cantidad de reacciones primero. No distingue necesariamente entre información y opinión; entre verdad y mentira; entre un dato confirmado y una especulación activa.
Frente a esto, el periodista padece diferentes tipos de presiones: la competencia de otros medios; la de una audiencia que se acostumbra a recibir información al instante y de algoritmos que favorecen la circulación permanente de contenidos. El silencio de unos minutos puede ser interpretado como una demora, mientras que la cautela es tomada como falta de información y la verificación como lentitud.
Sin embargo, la función social del periodismo nunca fue ganar una carrera de velocidad, como sí lo es el de un corredor de Fórmula 1. La razón de ser de un periodista es brindar a la población información confiable, una información que le sea útil para comprender la realidad y tomar decisiones en función de ello. Cuando esta misión queda subordinada a la urgencia de publicar, el riesgo no es solamente cometer errores, sino también erosionar la confianza pública en los medios de comunicación. Profundizando en esto último, ser periodista es ser consciente que cada dato incorrecto difundido, cada rumor presentado como noticia, y cada dato o imagen compartidos sin consentimiento por las personas involucradas, no sólo afecta a quienes son sujeto de la noticia, sino que también debilita el vínculo de credibilidad que el periodismo construyó durante décadas y décadas, y que hoy parece más frágil que nunca.
El periodista y escritor Ryszard Kapuściński advertía que «los cínicos no sirven para este oficio». A simple lectura, la frase parece sencilla. Sin embargo, encierra una profunda concepción del periodismo: informar no consiste únicamente en transmitir datos, sino comprender a las personas involucradas, asumir la responsabilidad de las palabras publicadas y reconocer las consecuencias que una crónica, una imagen, un relato, pueden tener en la vida de otros.
En tiempos donde la información circula a una velocidad desenfrenada, el riesgo del cinismo adopta nuevas formas. Es decir, se manifiesta cuando el impacto importa más que la verdad, cuando el número de visualizaciones pesa más que la dignidad de las personas o cuando la primicia se impone sobre la verificación. Allí es donde la ética deja de ser un simple conjunto de normas profesionales para convertirse en un obstáculo (aunque necesario) frente a la lógica de la inmediatez.
Kapuściński sostenía que para ejercer el periodismo era necesario, ante todo, ser una buena persona. Quizás esa afirmación resulte incómoda en una época dominada por algoritmos, métricas y tendencias. Sin embargo, conserva una vigencia innegable: la tecnología puede acelerar la circulación de la información, pero ninguna innovación puede reemplazar el criterio, la sensibilidad y la responsabilidad de quien la comunica.
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