Dormir no es simplemente apagar la luz y esperar que el cuerpo se recupere. Durante la noche se despliega una secuencia compleja de etapas que se alternan en ciclos de aproximadamente 90 minutos. Cada una cumple una tarea distinta. Entre ellas, la fase REM —sigla en inglés de Rapid Eye Movement— destaca por su vínculo con los sueños vívidos, pero su alcance va mucho más allá de las imágenes que aparecen cuando los párpados permanecen cerrados.
Comprender qué ocurre en ese tramo del sueño ayuda a entender por qué no basta con sumar horas en la cama. La calidad y la arquitectura del descanso influyen en el modo en que pensamos, recordamos, reaccionamos y hasta en cómo gestionamos nuestras emociones al día siguiente.
¿Cómo funciona el sueño a lo largo de la noche?
El sueño se divide en dos grandes tipos. Por un lado, el sueño no REM, que incluye varias fases progresivas desde la somnolencia inicial hasta el sueño profundo. Por otro, el sueño REM, que aparece por primera vez unos 70 a 90 minutos después de quedarse dormido y luego se repite varias veces, con episodios cada vez más prolongados hacia la madrugada.
En las primeras horas predominan las etapas profundas del sueño no REM, asociadas con la restauración física. A medida que avanza la noche, los periodos REM se alargan. En un adulto promedio, esta fase representa cerca del 20 al 25 por ciento del total de horas dormidas.
Durante el REM, el cerebro muestra una actividad eléctrica similar a la vigilia. Sin embargo, el cuerpo permanece en un estado de atonía muscular, es decir, una especie de parálisis temporal que evita que representemos físicamente los sueños. Esa combinación —mente activa, cuerpo inmóvil— es uno de los rasgos más llamativos del fenómeno.
¿Qué ocurre en el cerebro cuando entramos en REM?
En esta etapa se activan regiones vinculadas con la memoria, el aprendizaje y el procesamiento emocional. Estudios citados por organizaciones especializadas en medicina del sueño señalan que el cerebro reorganiza información adquirida durante el día, selecciona qué conservar y qué descartar, y consolida ciertos recuerdos en redes neuronales más estables.
No se trata solo de memorizar datos. El REM parece intervenir en la integración de experiencias complejas. Por ejemplo, después de aprender una habilidad nueva o enfrentar una situación estresante, el cerebro utiliza esta fase para ordenar lo vivido. Por eso no resulta extraño que, tras una noche fragmentada o demasiado corta, la concentración y la claridad mental se vean afectadas.
Además, la actividad cerebral en REM muestra un patrón particular en áreas asociadas con las emociones. Esto podría explicar por qué los sueños suelen tener una carga afectiva intensa y por qué la falta de esta etapa se relaciona con cambios en el estado de ánimo.
Qué pasa cuando el REM se reduce
La privación selectiva de sueño REM —ya sea por horarios irregulares, consumo de alcohol, estrés o ciertos medicamentos— puede generar efectos acumulativos. A corto plazo aparecen somnolencia, problemas de atención y cambios en el humor. A largo plazo, la falta persistente de esta fase se asocia con mayor riesgo de trastornos metabólicos y alteraciones cognitivas.
El cuerpo intenta compensar. Cuando alguien ha dormido poco o ha tenido interrupciones frecuentes, en las noches siguientes puede experimentar un fenómeno conocido como “rebote REM”, es decir, una mayor proporción de esta etapa. Sin embargo, no siempre es suficiente para revertir semanas o meses de descanso fragmentado.
En este contexto, mantener horarios regulares y evitar estímulos intensos antes de dormir cobra sentido. El REM no puede aislarse del resto del ciclo. Depende de una arquitectura completa que funcione sin demasiadas interrupciones.
Factores que influyen en la calidad del REM

La edad es uno de ellos. Los recién nacidos pasan cerca de la mitad del tiempo dormidos en fase REM, lo que refleja la intensa actividad cerebral en desarrollo. Con el paso de los años, el porcentaje disminuye, aunque se mantiene estable en la adultez hasta edades avanzadas.
El consumo de alcohol tiende a suprimir el REM en la primera parte de la noche, generando luego un sueño más fragmentado. Algo similar ocurre con el estrés sostenido. El organismo permanece en un estado de alerta que dificulta la transición fluida entre etapas.
La higiene del sueño —concepto que engloba hábitos y condiciones del entorno— también juega un papel. La exposición prolongada a pantallas antes de acostarse, la luz artificial intensa o los horarios cambiantes alteran los ritmos circadianos y, en consecuencia, la distribución de las fases.
En este punto, además de mantener una rutina estable, elegir bien el colchón y las almohadas también puede marcar la diferencia, ya que ayudan a mantener el cuello alineado y a dormir más cómodo durante más horas seguidas. Una postura inadecuada puede provocar microdespertares que interrumpen los ciclos sin que la persona lo perciba de forma consciente.
Estrategias para favorecer un sueño más reparador
- Dormir entre 7 y 9 horas en la adultez permite que el ciclo completo se desarrolle con normalidad y se acumulen varios periodos REM durante la noche.
- Mantener horarios consistentes, incluso los fines de semana, ayuda a estabilizar el reloj biológico.
- Reducir el consumo de alcohol por la noche y limitar la cafeína en las horas previas al descanso contribuye a una arquitectura del sueño más ordenada.
- Cuidar el ambiente de descanso: una habitación oscura, silenciosa y con temperatura moderada facilita la transición entre etapas.
- Evitar el uso del celular en la cama, ya que puede retrasar el inicio del sueño y reducir el tiempo total disponible para alcanzar las fases finales donde aparece el REM.
- Realizar actividad física de manera regular, preferentemente durante el día, mejora la calidad del sueño profundo y, de forma indirecta, favorece una mayor proporción de REM.
- Priorizar la constancia por sobre la intensidad: no es necesario entrenar de forma extenuante para ver mejoras sostenidas.
Dormir bien como decisión cotidiana
Hablar de REM no es un ejercicio académico aislado. Implica reconocer que el descanso incide en el desempeño laboral, en la capacidad de aprendizaje y en la manera en que gestionamos los vínculos personales. El sueño no es un lujo, sino una función biológica con efectos medibles.
Si la meta es mejorar el descanso y favorecer ciclos completos que incluyan suficientes periodos REM, vale la pena prestar atención a la superficie sobre la que se duerme. Conocer los sistemas de descanso como los que desarrolla Simmons puede ser un paso razonable para quienes buscan optimizar su descanso y, con ello, su rendimiento diario.
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