Un trabajador con pasaporte mira una reja cerrada junto a su familia, mientras un camión con contenedores circula al costado.
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Mercado y fronteras

La libertad con pasaporte: una contradicción básica del liberalismo contemporáneo

Estamos cada vez más cerca de aceptar —sin decirlo— que las personas sean tratadas como simples mercancías, justo en el momento histórico en el que se proclama el apogeo de la libertad absoluta.

Por: Dr. Fernando Lapadula (*)

La economía, según repiten los manuales que me tocó leer en mi primera aventura universitaria, estudia cómo se administran y distribuyen bienes escasos. Esa definición, aparentemente neutra, esconde una premisa bastante más incómoda: la ciencia económica fue creada para servir al ser humano. No al mercado, no al capital, no a los índices. Al hombre. Adam Smith lo daba por evidente, Karl Polanyi lo recordó cuando ya nadie quería escucharlo y John Maynard Keynes, nada sospechoso de lirismo humanista, insistía en que la economía era un medio y no un fin en sí mismo.

Dentro de ese marco, el trabajo ocupa un lugar central. No porque el hombre sea reducible a un “factor de producción”, sino exactamente al revés: porque el trabajo es la expresión económica de la vida humana. La economía clásica lo coloca en el centro, no por eficiencia técnica, sino porque sin personas no hay mercado, no hay producción y, sobre todo, no hay sentido alguno en la teoría. El problema comienza cuando se conserva el lenguaje humanista, pero se vacía completamente su contenido.

Y es ahí donde aparece el giro más inquietante: estamos cada vez más cerca de aceptar —sin decirlo— que las personas sean tratadas como simples mercancías, justo en el momento histórico en el que se proclama el apogeo de la libertad absoluta.

Fronteras sin fricción

El neoliberalismo y la derecha contemporánea han hecho de la “libertad” su consigna total. Libertad de mercado, libertad de empresa, libertad de capitales. Los bienes deben circular sin restricciones, el dinero debe atravesar fronteras sin fricción y las inversiones deben entrar y salir con la misma facilidad con la que, luego, se retiran responsabilidades. A los países periféricos se los presiona —se nos presiona— para abrir economías, desregular mercados y aceptar, con una disciplina casi religiosa, que cualquier límite constituye un pecado contra el crecimiento.

La teoría se sostiene sobre un principio claro y reiterado: la libre movilidad de los factores de producción garantiza eficiencia y expansión económica. Desde David Ricardo hasta la actualidad, pasando por Milton Friedman, el mensaje es consistente. El Estado que regula interfiere; el mercado que se libera prospera.

Los primeros años de estudio económico básico suelen volver a cualquiera bastante neoliberal. El problema aparece cuando pasan los años, uno crece, y esa coherencia empieza a romperse

Hasta ahí, el discurso mantiene coherencia interna. De hecho, los primeros años de estudio económico básico suelen volver a cualquiera bastante neoliberal. El problema aparece cuando pasan los años, uno crece, y esa coherencia empieza a romperse en el punto exacto donde debería ser más sólida: las personas. O, al menos, eso es lo que a mí me pasó.

Porque cuando uno sale del Excel, el trabajo deja de ser una abstracción. Tiene nombre, tiene cara y tiene dirección. Son los vecinos de Río Grande. Son las 150 familias de Aires del Sur que hoy se quedan sin trabajo en nombre de la “libertad” y del “progreso” declamado desde escritorios a miles de kilómetros, y también a unos cientos de metros.

Y acá aparece la contradicción en estado puro. Nos dicen que debemos abrir la economía, eliminar aranceles, dejar entrar productos más baratos desde China o Estados Unidos. Y efectivamente: los aires acondicionados llegan. Más baratos. Más competitivos. Más eficientes, según la métrica elegida.

Pero esas 150 familias no pueden hacer el camino inverso.

No pueden ir a trabajar a China.

No pueden mudarse a Estados Unidos.

No pueden ofrecer su trabajo en ese mismo mercado global que sí acepta sin problemas los bienes que reemplazan su empleo.

Entonces, ¿de qué libertad estamos hablando?

La libertad se defiende con fervor cuando adopta la forma de dinero; se vuelve sospechosa cuando camina, de carne y hueso.

Porque las mercancías que desplazan su trabajo son absolutamente libres: libres de aranceles, libres de restricciones, libres de fronteras. En cambio, las personas quedan inmovilizadas. Mientras el capital financiero cruza continentes en segundos y los productos recorren el planeta en contenedores, los seres humanos se encuentran con visas, muros, cupos, centros de detención y políticas de deportación masiva.

La libertad se defiende con fervor cuando adopta la forma de dinero; se vuelve sospechosa cuando camina, de carne y hueso.

Pero la contradicción no es solo económica. Es, también y sobre todo, una contradicción en términos de derechos.

Todo derecho implica una obligación correlativa. Si tengo derecho a la libertad, alguien tiene la obligación de no coartarla. Esa es la estructura elemental del derecho moderno. El liberalismo contemporáneo denuncia, con razón, a los Estados que impiden a su población salir del país. Eso constituye una violación directa de los derechos humanos más básicos.

Ahora bien, hay un punto que el discurso evita cuidadosamente: la libertad no se agota en el movimiento físico. También implica la posibilidad real de desarrollar un proyecto de vida, y eso incluye el trabajo. Ya la encíclica Rerum Novarum advertía que el trabajo no es una mercancía cualquiera, sino una dimensión esencial de la dignidad humana.

Entonces cabe una pregunta incómoda:

¿No es también una forma de restricción de la libertad un sistema económico que, en nombre de la eficiencia, elimina las condiciones materiales para trabajar?

Y la pregunta siguiente es aún más directa:

¿De qué sirve el derecho a salir si no existe la obligación de ningún otro Estado de recibir, ni la posibilidad real de insertarse laboralmente en otro lugar?

El resultado es un derecho vacío. Formalmente reconocido, materialmente inútil.

En la práctica, no tienen derecho a entrar en ningún lado, ni a ofrecer su trabajo en igualdad de condiciones.

Las personas del llamado “tercer mundo” no están encerradas tras rejas visibles, pero son prisioneras del orden internacional. El capital —con el mejor community manager— goza de libertad para cruzar fronteras en busca de nuevas oportunidades de negocio; las personas, a quienes supuestamente debería servir ese capital y la propia ciencia económica, deben resignarse a la espera, a la informalidad o a la expulsión.

Tienen, en teoría, derecho a irse, a buscar oportunidades, a trabajar.

En la práctica, no tienen derecho a entrar en ningún lado, ni a ofrecer su trabajo en igualdad de condiciones.

La libertad de circulación existe como consigna; el sistema se encarga de bloquearla. Y cuando además se destruyen las condiciones de empleo en el lugar de origen, la libertad deja de ser una opción para convertirse en una trampa: no podés quedarte, pero tampoco podés irte.

Lo más llamativo es la amnesia histórica. Países cuyos nacionales huyeron del hambre, de guerras o de la miseria y fueron recibidos por otros Estados, hoy cierran sus fronteras a esas mismas regiones que alguna vez los acogieron. Sociedades que se construyeron gracias a la migración hoy criminalizan a los migrantes. Incluso en los Estados Unidos —un país construido por migrantes— ese reconocimiento ha sido reemplazado por el miedo y la exclusión.

No es casual. Como advirtieron varios pensadores del siglo XX, el autoritarismo no siempre llega con botas y uniformes. A veces aparece envuelto en la retórica de la libertad, del orden y de la defensa del mercado. La paradoja es brutal: se invoca la libertad para restringirla.

La admisión de extranjeros, cuando ocurre, suele presentarse como gesto humanitario o como herramienta de propaganda política. Estados Unidos, Europa: todos, en distintos momentos, han utilizado la recepción selectiva de migrantes como discurso, nunca como principio jurídico. No se recibe porque exista una obligación, sino porque conviene. El derecho se transforma en excepción administrada.

Ni en la carrera de abogacía ni en ciencias económicas encontré tratamiento sistemático de estas contradicciones. Sin embargo, la curiosidad y la búsqueda de antecedentes me llevaron a Karl Polanyi, quien advertía que tratar al trabajo como una mercancía era una ficción peligrosa. Aquí la ficción es doble: se proclama la libertad del trabajador, pero se lo inmoviliza; se celebra la movilidad global, pero solo para aquello que no respira. El ser humano queda atrapado entre dos fronteras: la de su país de origen y la de un mercado que no lo necesita libre, sino simplemente disponible.

La canción de León Gieco lo resume con una claridad que incomoda más que muchos tratados académicos:

“Si me pedís que vuelva otra vez donde nací,

yo pido que tu empresa se vaya de mi país

y así será de igual a igual”.

Ahí está el núcleo de la contradicción. Si la economía dice servir al hombre, pero organiza un mundo donde el capital es global y las personas son locales, no estamos ante una teoría de la libertad, sino ante una libertad jerarquizada.

Porque quienes gozamos de cierta “libertad” de circulación somos unos pocos: los que viajamos como turistas con garantía de retorno. El resto, la enorme mayoría, no elige dónde trabajar: espera que el trabajo no desaparezca donde vive.

Y en esa jerarquía, el ser humano ocupa un lugar sorprendentemente bajo para ser, según se afirma, la razón misma por la que se inventó toda la ciencia económica.

(*) Fernando Lapadula

Abogado peronista. De trayectoria principalmente en el ámbito privado, ha sido autoridad del Colegio Público de Abogados y asesor en varias ocasiones en casas legislativas. Encarna un legado familiar con el compromiso por la equidad.

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