La pesquería argentina del langostino (Pleoticus muelleri), desarrollada en aguas de jurisdicción nacional, ingresó formalmente a una nueva etapa comercial al obtener la certificación del programa del Marine Stewardship Council (MSC).
La confirmación oficial, registrada el 6 de febrero de 2026, otorga a este producto natural y salvaje el reconocido sello azul, una referencia global que avala prácticas pesqueras sustentables.
Este respaldo consolida al langostino como un producto de excelencia y modifica su escala de competitividad, agregándole un atributo clave en la economía real del sector: confianza verificable y no meramente declamada.
Detrás de esta distinción existe un proceso largo y colectivo, que se apoya en más de una década de mejoras y trabajo articulado. El eje técnico central fue proporcionado por el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP), mientras que el andamiaje institucional correspondió al Consejo Federal Pesquero (CFP) y la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura.
A este núcleo se sumó el impulso privado y el acompañamiento de la organización CeDePesca. El reconocimiento no pertenece a una sola entidad, sino a toda la cadena que sostiene la pesquería: tripulaciones, armadores, empresas, observadores, científicos y autoridades.
Este entramado, al funcionar con reglas claras, controles eficaces y evidencia científica, permitió transformar una aspiración en un resultado concreto.
En términos de impacto, la certificación MSC opera en dos planos fundamentales. Comercialmente, refuerza el acceso y el posicionamiento en canales donde la trazabilidad y la sustentabilidad son condiciones de compra ineludibles, como cadenas minoristas de primer nivel, el segmento global de food service y mercados que auditan rigurosamente los riesgos reputacionales y ambientales.
En el plano de la gestión pesquera, fija un estándar que obliga a sostener y documentar mejoras continuas en la administración del recurso, la información científica detallada, el control y cumplimiento normativo, la transparencia de los procesos y la capacidad de respuesta ante cualquier desviación. Así, la certificación marca simultáneamente un punto de llegada y uno de partida: valida el camino recorrido, expone los desafíos pendientes y eleva el umbral de exigencia para garantizar la continuidad en el largo plazo.
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