La economía argentina ha iniciado un proceso de metamorfosis profunda, una transición que parece decidida a abandonar definitivamente el intento de desafiar la gravedad mediante el auxilio estatal.
Lo que el economista Miguel Kiguel describe como un «sinceramiento productivo» no es otra cosa que el retiro de los diques de contención que, durante décadas, sostuvieron a sectores cuya viabilidad dependía de aranceles altos y subsidios directos.
Según el especialista, en este nuevo ecosistema, el régimen promocional de Tierra del Fuego emerge como el símbolo máximo de una era en tensión, enfrentando la cruda realidad de una apertura comercial que prioriza la eficiencia por sobre el proteccionismo geográfico.
El análisis de la consultora Econviews sugiere que el país transita hoy a dos velocidades marcadamente opuestas. Por un lado, una Argentina pujante y globalizada se abre paso a través de la agroindustria, la minería y la energía en Vaca Muerta, sectores que no requieren de muletas fiscales para traccionar exportaciones con crecimiento de dos dígitos. Por el otro, las manufacturas de origen industrial, históricamente resguardadas en el sur del país, quedan expuestas a una «destrucción creativa».

En este esquema, el capital abandona los nodos de “baja productividad artificial” para fluir hacia donde la Argentina posee verdaderas ventajas comparativas, forzando una reconfiguración sectorial que resulta tan inevitable como dolorosa.
Este desplazamiento, sin embargo, conlleva riesgos que Kiguel no pasa por alto. La aplicación de este modelo bajo un tipo de cambio apreciado podría precipitar lo que se define como «desindustrialización prematura»: una contracción del sector fabril antes de que el país sea lo suficientemente rico como para que su sector de servicios absorba el impacto.
A diferencia de las plantas de ensamblaje, los sectores ganadores del modelo Milei son intensivos en capital pero no en mano de obra, lo que genera una fricción estructural en el empleo que el Estado ya no parece dispuesto a financiar.
El futuro de la industria subsidiada se encuentra, por lo tanto, en una encrucijada donde el pasado proteccionista ya no es un refugio seguro.
La sostenibilidad del programa económico dependerá de la destreza para gestionar esta transición sin que el humor social colapse ante la desaparición de los antiguos motores industriales.
El veredicto del análisis es tajante: la reconversión no es una opción negociable, sino el destino de una nación que busca en sus recursos naturales y su conocimiento la competitividad que los decretos ya no pueden garantizar.
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