El estacionamiento casi no muestra autos argentinos. Son apenas un porcentaje de los cientos de vehículos aparcados frente a los principales comercios de la zona. Cada tanto, aparece uno con patentes reconocibles para los fueguinos. El resto, son chilenos.
Pero ni siquiera esos pocos coterráneos tienen las prácticas que proliferaban hace algunos años, fruto de un cambio de divisas favorable: ya no hay televisores de 65 pulgadas cargados en los baúles ni teléfonos iPhone de última generación, escondidos en alguna cartera para evitar los controles aduaneros.
Punta Arenas ya no es lo que era, dirán algunos, aunque la ciudad es la misma de siempre. Incluso hay nuevos negocios. Lo que cambió, como ocurre desde tiempos inmemoriales, es la situación argentina.
Con un cambio poco atractivo, que bajó en las últimas horas de $16 a $15, los productos electrónicos ya no son una «ganga», sino que se consiguen a los mismos precios que del otro lado de la frontera. A lo sumo un poco más baratos, lo que tampoco es garantía: la falta de facilidades de pago y el costo de un viaje la región de Magallanes ($4 mil de combustible ida y vuelta y $1200 de barcaza) terminan por hacer poco viable salir ganando de estas transacciones.
De ser un destino para ir de shopping, Punta Arenas se ha transformado en un lugar más de turismo para los habitantes de la Tierra del Fuego argentina, como lo puede ser Calafate o incluso Ushuaia.
Porque es cierto, sigue habiendo tráfico. Así lo reconocen los operadores de la Zona Franca y de las casas de cambio. Pero esos pocos fueguinos y santacruceños que deciden cruzar la frontera lo hacen para descansar y quizás disfrutar de la gastronomía chilena y sus delicias del Pacífico. Ya no para comprar.
Comentarios