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El hombre que quiso ser Fidel Pintos y no pasó de Avivato

Traficante de humo, vendedor de buzones, timador de la política. El hombre sueña con ser millonario, para seguir burlándose de nosotros, aunque deje en el camino los últimos despojos de moral que le puedan quedar.

El viejo y admirado Fidel Pintos hizo de la sanata su marca registrada. Con moral resbalosa y dialéctica impar, superaba todo cuestionamiento con la filosa habilidad de su palabrerío

Fue casi contemporáneo con otro timador sin mas ley que su glosa de cotillón, la casi olvidada creación del ilustrador Lino Palacios. Avivato era también un “vivillo” (como se decía entonces), como Fidel Pintos, aunque de menor nivel, decadente, torpe y mucho menos admirable y carismático.

Nuestro hombre quiso ser también un vendedor de humo exitoso. No le fue mal, aunque lo suyo se parece mucho menos a Fidel Pintos que a Avivato.

“No quiero trabajar más, me voy a dedicar a la política”, se atrevió un día, aunque nadie puede dar fe de que algún día trabajó, en el sentido estricto de la palabra.

“Quiero ser diputado para hacerme millonario en cuatro años”, redobló la apuesta muchos años después, sabedor de que la política, la vida y la suerte han sido muy generosos con él.

En el camino han quedado abriles de engañar gente, de estafar moralmente a muchos, de engatusar a políticos (o aspirantes a serlo) que creyeron en su parafernalia dialéctica y sus dotes de lenguaraz, quizás la única habilidad neta que ostenta.

Liberado absolutamente de prejuicios morales ni límites principistas, hizo de la sanata su modo de vida; así sobrevivió, aunque se ubicara mucho más cerca del “Avivato” de Lino Palacio que del personaje de Fidel Pintos.

Se autotituló “asesor” y vareó su pose engominada por cuanto partido político se conoció en Tierra del Fuego.

Las convicciones para él son lo de menos: “lo importante es prosperar”, decía mientras escapaba de la ira de los engatusados y lloraba lágrimas de cocodrilo en los Juzgados de Familia adonde le tocó ir innumerable cantidad de veces a explicar por qué incumple hasta los deberes más básicos del ser humano. A fin de cuentas, ser un buen ciudadano tampoco está en su agenda de prioridades.

La suerte, la magia de un sistema electoral deforme y la poca vergüenza lo pusieron al fin con sus asentaderas en una banca del Congreso. Allí ocupa (aunque no muy a menudo) el lugar que soñó, sin que se le ocurra preguntarse cómo la vida puede ser generosa con alguien que no lo merece.

O se responderá que él sí lo merece. Por Avivato, por audaz, por astuto y porque nada, ni su familia, le importa si se trata de prosperar sin esforzarse.

Sabe, sin embargo, que para él es debut y despedida en su paso por la política de alta gama. Trajinará pasillos buscando algún negocio que le cumpla el sueño mayor: el de hacerse millonario. O, como premio consuelo, asegurar un espacio como ñoqui para no tener que volver a sus orígenes.

No se lo conoce un proyecto ni una participación provechosa en el ámbito de su nuevo destino. Confiesa que pasa sus días espiando las redes sociales y escudriñando muros ajenos de Facebook, donde seguramente no encontrará ideas para proyecto alguno.

En sus ratos libres, además, encuentra espacios generosos donde descargar su burla y su desprecio por los que trabajan. Hace uso de sus fueros para insultar trabajadores de prensa y se refiere a los “cordobeses” como un desvalor, exponiendo con toda desnudez su ignorancia supina, su extremado rencor y su imbécil concepto acerca de la discriminación y el respeto.

Su suerte se va a acabar, más temprano que tarde. El destino lo pondrá en su lugar a su debido tiempo. Será entonces tarde para pedir perdón a sus hijos, a los ciudadanos y a aquellos que ofendió desde el pináculo de su soberbia, la soberbia inimputable de su ignorancia.

Como Avivato, pasará pronto al cesto del olvido, sin pena ni gloria, con la sonrisa arrogante del que sabe que se ha burlado de todos nosotros, que nos ha estafado impunemente.

Es consciente de que su prosperidad se basa en vender  buzones. Cree que se hará millonario traficando humo, pero sonríe, siempre sonríe porque piensa que nadie se da cuenta.

Si Avivato se hubiera metido en política, hoy sería estrella de Hollywood. La política y la vida suelen así de generosas.

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