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Francisco: «Sueño una Europa donde ser emigrante no sea un delito»

El pontífice dio un fuerte mensaje, que evocó el famoso discurso de Martin Luther King, al recibir la distinción "Carlomagno", una de las más importantes de Europa.

Sueño una Europa que promueva y proteja los derechos de cada uno, sin olvidar los deberes para con todos. Sueño una Europa de la cual no se pueda decir que su compromiso por los derechos humanos ha sido su última utopía».

Con estas palabras, que evocaron el famoso discurso de Martin Luther King ya que nueve veces dijo «Sueño una Europa», el papa Francisco volvió a sacudir hoy a la dirigencia política europea, a la que llamó a construir puentes y a derribar muros y a impulsar un «nuevo humanismo europeo», basado en la integración, el diálogo y una economía social de mercado.

«El tiempo nos enseña que no basta solamente la integración geográfica de las personas, sino que el reto es una fuerte integración cultural», aseguró, en un discurso que quedará en la historia como uno de los más importantes de su pontificado, que pronunció tras recibir el premio Carlomagno de Aachen, el más prestigioso de Europa.

La distinción fue otorgado en el pasado a figuras de la estatura de Konrad Adenauer, Winston Churchill, Juan Pablo II , entre otros. ¿El motivo del galardón? «Por su extraordinario compromiso en favor de la paz, de la comprensión y de la misericordia en una sociedad europea de valores».

Al regresar de México, en febrero pasado, el mismo Jorge Bergoglio había recordado en la conferencia de prensa en el avión que él, a lo largo de su vida, nunca aceptó recibir distinciones. Pero que para el Premio Carlomagno había decidido hacer una excepción debido al momento crítico que está atravesando el continente. La peor crisis migratoria desde la Segunda Guerra Mundial, el euroescepticismo y la división de los 28 miembros de la Unión Europea y falta de consenso, de hecho, están amenazando los cimientos mismos del bloque, así como los valores que le dieron vida . El Papa había dicho entonces que era necesaria una «refundación» de Europa. Hace unas semanas, en su viaje relámpago a la isla griega de Lesbos -símbolo del drama que viven miles de refugiados que escapan de la guerra, pero que son tratados como criminales-, en otro mensaje desafiante a la dirigencia política europea, había llamado a Europa a no olvidar que era la patria de los derechos humanos. Además, en otro gesto que valió mis palabras, se llevó de regreso en su avión a 3 familias sirias.

Algo muy parecido dijo hoy, en una ceremonia en la Sala Regia del Palacio del Vaticano marcada por la presencia de varios pesos pesado de la UE: la canciller alemana Angela Merkel -que poco antes tuvo una audiencia privada con el Pontífice-, el premier italiano, Matteo Renzi, y los presidentes del Parlamento Europeo, Martin Schulz, de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker y del Consejo Europeo, Donald Tusk.

Al principio de su discurso, tal como había adelantado en el vuelo de regreso de México, el Papa recordó su intención de ofrecer a Europa el prestigioso premio. «No hagamos un mero gesto celebrativo, sino que aprovechemos esta ocasión para desear todos juntos un impulso nuevo y audaz para este amado continente», arrancó. «La creatividad, el ingenio, la capacidad de levantarse y salir de los propios límites pertenecen al alma de Europa», también dijo, al recordar que las dos trágicas guerras mundiales del siglo pasado no impidieron a los padres fundadores dar vida a un proyecto común. «Ellos pusieron los cimientos de un baluarte de la paz, de un edificio construido por Estados que no se unieron por imposición, sino por la libre elección del bien común, renunciando para siempre a enfrentarse. Europa, después de muchas divisiones, se encontró finalmente a sí misma y comenzó a construir su casa».

Aludiendo a la crisis migratoria, pero sin mencionarla, lamentó luego que en los últimos tiempos «esta familia de pueblos parece sentir menos suyos los muros de la casa común, tal vez levantados apartándose del clarividente proyecto diseñado por los padres». «Aquella atmósfera de novedad, aquel ardiente deseo de construir la unidad, parecen estar cada vez más apagados; nosotros, los hijos de aquel sueño estamos tentados de caer en nuestros egoísmos, mirando lo que nos es útil y pensando en construir recintos particulares», denunció. «Sin embargo, estoy convencido de que la resignación y el cansancio no pertenecen al alma de Europa y que también las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad», aseguró.

Evocó su fuerte discurso al Parlamento Europeo, de noviembre de 2014 en Estrasburgo, cuando habló de una «Europa anciana», «cansada» y «envejecida», «no fértil ni vital». Una Europa que se va «atrincherando» en lugar de privilegiar las acciones que promueven dinamismos capaces de involucrar y poner en marcha todos los actores sociales en la búsqueda de nuevas soluciones a los problemas actuales, que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos; una Europa que, lejos de proteger espacios, se convierta en madre generadora de procesos.

«¿Qué te pasó, Europa?»

«¿Qué te pasó Europa humanista, defensora de los derechos humanos, de la democracia y de la libertad? ¿Qué te pasó Europa, tierra de poetas, filósofos, artistas, músicos, escritores? ¿Qué te pasó Europa, madre de pueblos y naciones, madre de grandes hombres y mujeres que fueron capaces de defender y dar la vida por la dignidad de sus hermanos?», se preguntó.

Citando luego al escritor Elie Wiesel, superviviente de los campos de exterminio nazis, llamó a realizar una «transfusión de memoria» y a evocar a los padres fundadores de Europa. «Ellos supieron buscar vías alternativas e innovadoras en un contexto marcado por las heridas de la guerra. Ellos tuvieron la audacia no sólo de soñar la idea de Europa, sino que osaron transformar radicalmente los modelos que únicamente provocaban violencia y destrucción. Se atrevieron a buscar soluciones multilaterales a los problemas que poco a poco se iban convirtiendo en comunes».