
El estudio de ADN que confirma que los restos encontrados en 2012 en un estacionamiento de Leicester son los de Ricardo III de Inglaterra, también revela que al menos el padre de uno de sus descendientes no era quien se dijo, lo que pone en duda el origen de la propia Isabel II.
El ADN concuerda con el de dos descendientes de su hermana, Ana de York, lo que confirma que los restos son del rey al que William Shakespeare describió como cruel y despiadado. Sin embargo, la línea masculina se rompe en algún momento entre Juan de Gante (1362-1399), hermano del bisabuelo de Ricardo III, y Henry Somerset, duque de Beaufort (1744-1803). Ricardo III no tuvo hijos, por eso hubo que trazar la línea genética desde su tío-bisabuelo.
El hallazgo tiene implicaciones importantes: abre la posibilidad de que alguno de los reyes y reinas, y las dinastías que actuaron de eslabones hasta la actual Isabel II, lo fueron ilegítimamente. Pero es imposible saber dónde se rompió la cadena.
Concretamente, la ruptura afecta la legitimidad de Enrique IV, Enrique V, Enrique VI y “toda la dinastía Tudor”, empezando por Enrique VII y siguiendo por Enrique VIII, Eduardo VI, María I, Isabel I e Isabel II.
“Una falsa paternidad en algún momento de esta genealogía podría ser de una significación histórica clave”, afirma el artículo con las conclusiones del equipo de la Universidad de Leicester, a cargo de los análisis.
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