
(Mendoza, enero 11 de 2013/Canchallena) – La sensación de vacío oprimió el pecho. El seleccionado argentino Sub 20 nunca imaginó verse tan demacrado en el Sudamericano. Mucho menos en casa, como envalentonado anfitrión. La imagen no reflejó nada. Sin lujos ni exquisiteces ni firuletes. Apenas con empuje y una pizca de suerte para ponerse en ventaja. Sin caños ni tacos ni sombreros. Sólo un par gambetas y de mala gana. Sin victorias ni empates. La prueba de confianza que tanto precisaba el seleccionado argentino nunca llegó. Quedó a dedo, varada por ahí, quién sabe dónde. Ahora, complicada la clasificación para el hexagonal final, habrá que acostumbrarse a jugar bajo mucha más presión. Esa que, en medio de bocanadas, el 1-2 con Paraguay golpea bien fuerte en el pecho.
Da bronca, es cierto, que con tanta técnica los pases, casi siempre salen cortos o largos. Los de Ruiz, Centurión e Iturbe, que queda cegado cada vez que pisa el área. Fastidia, es verdad, que los centros, generalmente, caigan en la cabeza de los defensores. Llama la atención, como si fuera poco, que no aparezcan las sociedades del toque corto, las que tanto buscó el DT Trobbiani en la preparación. Ni siquiera la pegada de los más precisos puede volverse salvadora en los momentos más calientes.
Habrá que esperar que la Argentina vaya reconstruyéndose con los hombros cargados de responsabilidad. La derrota lo dejó en el fondo del Grupo A. Tras las caídas ante Chile (0-1) y ante Paraguay, lo que había empezado como una ilusión rebosante mutó en una silenciosa inquietud por una dolorosa pregunta: ¿qué será de la Argentina…?
Trobbiani ensayó con un cambio de esquema y de nombres. Con el defensor Aguirre en lugar de Lanzini, y con un sistema 4-2-3-1, el seleccionado celeste y blanco pareció ganar en equilibrio entre la defensa y el ataque. Todo quedó en una ilusión óptica que los paraguayos esfumaron con un par de manotazos al aire. La Argentina suspiró de alivio con el primer gol en el campeonato. Fue un arranque de Vietto, que pateó a la carrera; el tiro se desvió en un defensor y pasó por encima del arquero. La alegría le duró apenas unos minutos. Nunca se calmó. Jamás se asentó. Paraguay avanzó como un toro rabioso y, con pases entre líneas, fracturó la defensa. De a ratos, la diferencia de velocidad de los visitantes fue asombrosa. Es más, el resultado pudo haber sido más abultado de no haber sido por la buena tarea del arquero Benítez.
Lo que pasó se veía venir con el aviso de Montenegro: un tiro en el palo. Los guaraníes fueron demasiado rápidos y los argentinos, sobre todo los zagueros, Magallán y Gianetti, demasiado lentos. Hasta que Paraguay ajustó la mira con una ajustada definición de Derlis González, tras una buena habilitación de Montenegro. Fueron cuatro jugadas idénticas que terminaron con dos goles. A la mencionada le siguió la conquista de Domínguez, con un toque suave en el mano a mano con Benítez.
La desesperación guió cada movimiento de la Argentina a partir de entonces. Pudo haber estado a tiro del empate en alguna jugada arremolinada o con varios rebotes. Pero, a decir verdad, a esas alturas ni siquiera el empate hubiera quitado la amargura del paladar. Además de Benítez, pudieron rescatarse las tareas de Romero y Kranevitter, que hicieron lo que pudieron para achicar el agua que entraba por todos lados.
La Argentina quedó en una situación incómoda, a la expectativa de los otros resultados, pero, sobre todo, a la espera de los ansiados triunfos propios. Los próximos compromisos serán contra Bolivia y Colombia. Nunca esperó sentirse tan necesitado en su propia casa. La teoría, aquella de los nombres importantes y ya con experiencia en primera, quedó por el suelo en la práctica. Así lo comprobó en los experimentos con Chile y con Paraguay. Otra vez se escucharon los silbidos y los rezongos. Ya son varios en los últimos tiempos en los derroteros de los juveniles. No todo está perdido en el Sudamericano, claro que puede enderezarse, pero ya empiezan a escucharse las añoranzas de aquellos buenos y viejos tiempos.
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