“No sé cómo se llevan afuera de la cancha, pero adentro tienen que ser los mejores amigos.” Directo, sin eufemismos. Carlos Bianchi asumía en el Boca al que Mauricio Macri no le encontraba el rumbo. Y la primera carta que se jugó el entrenador fue con la dupla de ataque. A los dos les aseguró la titularidad; los dos le pagaron con títulos.
Al rubio con apellido de barrio se lo conoce con sólo mencionar el nombre; Palermo es Martín. El otro, el delantero con mucho de barrio, también tiene nombre con peso específico; el símbolo de Gimnasia es más Guillermo que Barros Schelotto. A los dos, a los que La Plata los separó, La Boca los juntó. Martín y Guillermo, nombres para cuento, conviven con una historia futbolera de tinte fontanarrosesco. Los adolescentes que se odiaban son, hoy, grandes amigos. Hay morbo: si el Lobo desciende, ambos se retirarían del fútbol el mismo día y en el mismo partido; si hay Promoción, al siete de Gimnasia le quedará doble jornada de cancha. Lo seguro es que será la última función de Palermo; se retira en la ciudad en la que empezó, contra el equipo al que más goles le marcó; Gimnasia es, además, su clásico como hincha.
Si el equipo que dirige Darío Ortiz desciende por un gol del nueve de oro de Boca, a Guillermo le va a doler el alma dos veces. Se verá. Queda un capítulo, acaso el cierre perfecto de esta verdadera burla del destino.
Locos for ever. Mucho antes de que sus apellidos trascendieran, Palermo y Barros Schelotto eran amigos; la ingenuidad de sus edades los tenía del mismo lado y hasta compartían equipo en For Ever, un club de la Liga infantil de La Plata que luego se llamó 12 de Septiembre. Si bien eran amigos, todavía no eran socios futbolísticos. ¿La razón? Palermo, el nueve, era por entonces arquero. “Yo lo ubiqué como centrodelantero porque ya tenía cubierto el arco. Cuando le sugerí el cambio a Martín, él aceptó sin problemas”, rememora Alfredo García, el técnico de aquel equipo de minis Palermo y Barros Schelotto (también jugaba Gustavo).
La final que los marcó. Se cruzaban el Estudiantes de Palermo y el Gimnasia de los Barros Schelotto. El clásico platense definía al campeón de la Sexta. El marco evidenciaba la trascendencia: ambos encuentros se jugaron en las canchas principales de cada club. Estudiantes ganó en la ida, de local, 2-0 con un gol del flaco alto y pelo largo. Repasa hoy Palermo: “Con Guillermo había mucha rivalidad, mucha enemistad, mucho odio”. Mary, su mamá, aporta: “Si los sacaban a los dos, se agarraban afuera”. La vuelta se jugó el 29 de septiembre de 1990, en 60 y 118. La barra de Gimnasia fue a gritar como si jugara la Primera. Había clima de clásico en serio. Cuando el Lobo ganaba 3-0 apareció Palermo y, con un gol de cabeza (símil al que había convertido en el partido anterior), llevó la serie a los penales. El Loco festejó su conquista en el círculo central, de rodillas y los brazos apuntando al cielo; en la definición, no pateó. Guillermo sí y convirtió. Sin embargo, no evitó que Estudiantes se coronara campeón. Desde entonces y hasta Bianchi, la antinomia fue absolutamente visceral.
Una belleza. El primero que lo intentó fue Héctor Veira. El entonces DT de Boca pretendió que los hombres que venían de Estudiantes y Gimnasia fueran dinamita. Para evitar preámbulos, los hizo concentrar en la misma habitación. Fue un principio de convivencia por conveniencia. “El Bambino nos puso juntos pero era complicado, porque no nos hablábamos, no había confianza ni trato como para compartir la pieza”, repasa Palermo.
En el primer día de entrenamiento de agosto de 1997, pocos respetaron el horario. Sólo tres jugadores llegaron a la hora señalada: Palermo y los mellizos Barros Schelotto. No midieron palabras; apenas, algunas miradas. Los testigos silenciosos de la escena muda fueron los masajistas.
Amistad Real. Habían pasado más de tres años de aquel cruce sin decirse nada en Casa Amarilla. Lo que sigue es un cuento chino vivido en Japón, cuando Boca se enfrentó a Real Madrid por la Copa Intercontinental.
Palermo: Carlos, ponelo a Guillermo.
Bianchi: No hay problema; salís vos.
En la previa de aquella final de 2000 no había dudas sobre el ataque. Para Bianchi debían jugar de entrada Chelo Delgado (amigo de Juan Román Riquelme) y Palermo. El nueve pidió por su amigo y el Virrey lo desairó con su estilo; pura ironía.
Cara a cara. La última vez que estuvieron en una misma cancha fue el 15 de abril de 2007; ese día Boca y River empataron 1 a 1. Ahora el siete y el nueve volverán a juntarse, pero con distintas camisetas. Será la sexta vez que suceda en Primera, ya que fueron rivales en cinco clásicos de La Plata. En la semana, Palermo argumentó sobre su presencia: “No hay motivos para decir ‘no juego’. Siento que tengo que estar ahí, es mi último partido y también el de mi amigo”. Guillermo, en tanto, lo absolvió de culpas: “Lo que decida Martín va a estar bien”.
En su retiro novelesco, Palermo cuenta con una escena singular en referencia a los goles. Enfrente estará el equipo al que más le convirtió. Y detrás suyo, el arquero al que más tantos le anotó. Cristian Lucchetti, que no seguirá en Boca, fue el uno más castigado por el hombre récord del club xeneize.
Guillermo irá por su conquista. Un gol suyo puede ayudar a Gimnasia en su objetivo por alcanzar la Promoción. Especulaciones. Pase lo que pase, Guillermo y Martín, los personajes de este cuento, ya no se cruzarán miradas de fuego. “Le agradezco al fútbol porque, más allá del odio que nos teníamos, él es uno de los grandes amigos que me dio el fútbol.” Lo dijo Palermo.
Fuente: Perfil
