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Juegos simples pero exitosos en TV

Más allá de las propuestas complejas que existen hoy, al público le sigue divirtiendo ver competir a la gente con desafíos sencillos

Juan Carlos Dezeta, Colomba y Brizuela Méndez, conductores de La Feria de la Alegria

(Buenos Aires, junio 12 de 2011/La Nación) – El tiempo de aire es uno de los insumos más caros de la industria televisiva. Parecería mentira entonces, si uno no tuviera la experiencia previa de haberlo visto, escuchar que se puedan llenar horas de ese bien tan escaso mostrando cómo dos personas sacan maderitas que apiladas forman una torre, hasta que a una de ellas se le desmorone la ilusión de mantener esa estructura en pie hasta el final del juego. Pero más díficil aún resulta entender cómo ese entretenimiento fue uno de los pilares que sostuvieron el alto rating del programa en que se lo practicaba. Sin embargo, es así, la historia de nuestra televisión está llena de ejemplos como ése en todos los períodos de su existencia y aún hoy, cuando la pantalla ofrece entretenimientos sofisticados y complejos, no resignan su espacio para fascinar al público con sus propuestas tan sencillas que parecen tontas.

Allá lejos y ahora mismo

El ejemplo más a mano que tenemos es la reciente ocurrencia de la producción de CQC , en la cual Guillermo López se sube con un invitado a algún sitio de una altura considerable y desde allí juegan a ver quién emboca más pelotitas de tenis en unos tachos con agua que esperan unos cuantos metros más abajo. La propuesta prendió y hoy los famosos sacan turno para que el «Pelado» los invite a jugar con él, más cuando, dada la buena aceptación que tuvo la idea, una marca de autos ofreció patrocinar un certamen en el que quienes hayan embocado alguna vez compitan a fin de año por un cero kilómetro.

Esto ocurre hoy, pero la costumbre de incluir pasatiempos simples en la televisión puede encontrarse ya en el concepto que daba vida a La feria de la alegría , un programa que nació allá por 1962 y que, con la conducción de Guillermo Brizuela Méndez y Colomba, extendió su existencia hasta el final de la década. El ciclo rescataba la esencia de las viejas kermeses barriales y, con juegos del tipo de los que se podían encontrar en esas romerías, repartía departamentos, autos, electrodomésticos y viajes, con audiencias que superaban los 2 millones de televidentes. Uno de los juegos más recordados es la carrera de tazas en las que los participantes debían apilar tazas de café con leche y llevarlas de un lado al otro del estudio sin que se les cayeran. El que más tazas apilaba, resultaba el ganador.

También recorriendo la historia aparece una propuesta que encontró su lugar en varios programas, pero que supo tener uno basado solamente en ella allá por fines de los 60 y principios de los 70. Se trata de Dígalo con mímica (que no es otra cosa que el juego del oficio mudo), que empezó conduciendo Nelly Raymond, a la que luego reemplazó Héctor Larrea.

Los expertos

Si hay alguien que supo sacarle el jugo a este tipo de propuestas, ése es Gerardo Sofovich, en sus dos programas emblemáticos: La noche del sábado y La noche del domingo . En ellos, en distintas épocas y diferentes canales es capaz (y aún hoy lo sigue haciendo con El corte de la manzana) de mantener embelesado a su público viendo cómo otros jugaban a la pulseada, sacaban maderitas de una pila como explicamos al principio o cortan manzanas tratando de conseguir mitades de peso similar.

Otro especialista es Nicolás Repetto, quien en su programa Nico , que fue un éxito de los mediodías en 1994, por Telefé, incluía la propuesta de jugar al Siete y medio, con el público por teléfono o, en Sábado bus , otro de sus éxitos en Telefé, en 1999, inventó el Juego del corchito, con el que muchos famosos dejaron de estar a pie gracias a embocar corchos en copas de vino.

«Los juegos más simples son los que mejor funcionan con el público», es una de las máximas que guían a Julián Weich, alguien que sabe del tema. Y en tren de ver si le funciona, hay que pensar en el juego de La visita, que funcionó dos años en Justo a tiempo.

Ricardo Marín/LA NACION