·

The Wall: La tercera lectura

Roger Waters. Por tercera vez, presentó su obra “The Wall” y ahora, en 2011, adquiere un nuevo significado anticapitalista.

Antes odiaba al público, pero ahora soy más feliz”. La aclaración que está haciendo Roger Waters en este escenario londinense, el O2 Arena, es necesaria ante una tercera versión completa de su ópera rock The Wall , aquélla misma firmada por Pink Floyd en 1979. Hoy miércoles 18 es la sexta y última fecha que hace en Londres (la del 12 fue histórica: subieron como invitados en dos temas Nick Mason y Dave Gilmour). ¿Recuerdan? “La Pared” había sido concebida como una dramatización de la angustia y la desolación existencial de Waters ante la fama, la masividad y los shows de estadios. En 1977 escupió a un fan canadiense porque no lo aguantaba más y -sí, como el punk- The Wall nació de un escupitajo para acabar con el “rock dinosaurio” de los ‘70. Confesó a revista Mojo en 1999: “Esos lugares no fueron construidos para la música, fueron concebidos para eventos deportivos y es natural experimentar una ritualización de la guerra, porque todo deporte lo es. Lo que me atravesaba en esa época era una sensación de ‘¿Cuál es el punto?’ Y la respuesta que resonaba monótonamente era:cash y ego”.

¿Y qué hace ahora tocando acá en el O2, una cruza de shopping y museo de rock, un Hard Rock Café tamaño Disneylandia con un Luna Park soñado en el medio que, obvio, tiene un audio a todo trapo? Digamos que hoy, en 2011, cash suena a los 15.000.000 de dólares que costó este Roger Waters The Wall Tour 2010-2011 (que vendría a Buenos Aires el año que viene). Y ego, bueno, él mismo se disculpa ante esta autobiografía megalómana, especie de Plastic Ono Band de Lennon con imágenes 3D, sonido cuadrófonico y una sociedad impensada entre Pepito Cibrián y Fuerza Bruta a la hora de la puesta.

“Ahora voy a cantar conmigo mismo, espero que no les resulte muy narcisista”, advierte, antes de que veamos una filmación suya de cuando hizo Mother en el Earls Court en 1980 y él toque a dúo con el que fue. “Un experimento en el tiempo”, lo define. De eso se trata: como yo, como la pareja cincuentona con remeras rockeras (ella, Floyd; él, Beatles), como las 23.000 personas que llenan este estadio ordenada y educadamente a pesar de las cervezas, todos estamos chequeando cuánto impactó The Wall en nuestras vidas. En mi caso, vuelve aquella sensación fatal de estar terminando mi infancia cuando el rock empezaba su adultez.

Lo que no sabía entonces era que cuando llegara a mi adultez iba a testimoniar tal desembarco del rock en su tercera edad, tan, pero tan, espectacular como el de esta Pared 2011… Waters hablaba de “experimentar una ritualización de la guerra” y vayamos por ahí. El de The Wall 2011 es un bombardeo pacifista. El escenario -donde se construye/destruye el paredón que también sirve de pantalla y va cubriendo a la banda profesionalísima encargada de reproducir el álbum original- no deja de repetir la moraleja que Waters sintetiza en la última revista Classic Rock . Dice: “El punto es que el bombardeo al que estamos sujetos por conflictivas ideologías religiosas, políticas y económicas sólo nos da fuerzas para enfrentarnos unos contra otros”. Hoy The Wall es un comentario sobre cómo nos afectan individualmente el terrorisimo y las guerras. “El miedo levanta paredes” se lee en las remeras de los chicos que hacen playback en Otro ladrillo en la pared 2 . Esta obra no para de bajar línea, no deja rinconcito “sin mensaje”.

Así queda demostrada la elasticidad alegórica de esta ópera rock (que como su precursora, Tommy , es una reflexión psicodramática sobre la transformación de la contracultura en entretenimiento). La segunda versión, la que Waters puso en escena en Berlín en 1990, proyectó otras resonancias históricas relacionadas con el fin de la guerra fría, pero también cerró el ciclo del pop “comprometido” de los ‘80, para que Kurt Cobain se volviera él solito el sufrido antihéroe de la ópera. Nosotros también supimos cómo The Wall se moldea al contexto: el estreno de la película de Alan Parker coincidió con el fin de la Dictadura.

Durante Goodbye Blue Sky , en la pantalla un avión tira bombas que en realidad son símbolos del Cristianismo, el Islamismo y el Judaísmo, además del signo $ y logos de empresas como Shell y Mercedes Benz. Todos caen convertidos en tumbas. Ok, la moraleja es clara: las religiones, el lucro y el abuso del petróleo nos matan. Ver al estadio anillado de logos de marcas multinacionales en las plateas, y resguardado por cámaras de seguridad nos hace pensar que el de The Wall es un anti-estatismo y un anti-capitalismo discreto. Con bastante demagogia, Waters responde a la pregunta “¿Debería confiar en el gobierno?” que canta en Mother con un grafiti proyectado: “Ni una mierda”. Es que The Wall 2011 alimenta una corrección política que el blogger Mark Fisher llama “impotencia reflexiva”: a todos nos gusta coincidir en lo que está mal, pero mientras sea un contenido y no implique una acción para cambiarlo.

El dilema de cómo ser didáctico a través del bombardeo de estímulos del rock para estadios siglo XXI es algo que U2 ya expuso, con bastante lucidez, en su PopMart Tour. ¿Cómo deslumbrar y al mismo tiempo iluminar? “No estoy interesado en entretener”, afirma Waters desde la Classic Rock que hoy ex hiben los quioscos en Londres. Pero en sus casi dos horas con intervalo, The Wall 2011 entretiene, y cómo.

Supera en complejidad de costos y concepto al 360 de Bono y los suyos. Es hoy por hoy, el espectáculo más grande del rock que todo productor quiere para su país. “El tiene mensaje, ¿viste?”, le comenta una mamá rocker a su hijo en la escalera mecánica, ambos vestidos con el merchandising del concierto que acaba de terminar. Pero el chico no la oye: está repasando las fotos que logró con su i-Phone. Apple es una de las empresas de las que The Wall se burla cuando muestra una tumba y arriba se lee “iPay”. ¿Y si sacó una foto justo de esa escena? Y bueno, por ver mejor que nadie el show, él pagó más de 150 dólares. Lo tiene merecido. En este Rock Espectacular de hoy, el pacifismo bombardea inocuo, y hasta el anticapitalismo se paga.

Fuente: Clarín