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Oíd mortales

Sergio Pujol investiga en “Canciones argentinas. 1910-2010” los temas que han cautivado a varias generaciones a lo largo de un siglo.

Aun si podría resultar excesivo molestar a Heráclito y a su río por asuntos aparentemente menudos, afirmar que la misma canción no suena dos veces es mucho menos un tentativo de asalto a la filosofía occidental que una inevitable constatación de la realidad. Artefactos complejos, las canciones son palimpsestos sobre los que continuamente se reescriben memorias que, individuales o colectivas, superan la combinación de sonidos y palabras que las materializan o los intérpretes que proyectan su aura. En su paso a través del tiempo, una canción suele multiplicarse entre maneras de proponerse, de escucharse, y más allá, de recordarse.

Sergio Pujol se anima a detener por un momento ese río misterioso para desmenuzar 140 títulos de la producción nacional de los últimos 100 años. Canciones argentinas. 1910-2010 se llama el libro del crítico, ensayista, investigador y periodista. Autor de trabajos ejemplares que, desde la perspectiva musical, atraviesan la sociedad argentina de las últimas décadas –de la historia del baile hasta las circunstancias del jazz y las del rock, pasando por biografías de María Elena Walsh, Enrique Santos Discépolo, Atahualpa Yupanqui, entre otros ensayos– Pujol indaga ahora las muestras de un universo de mil ventanas y múltiples reverberaciones.

“Este libro tiene algo de antología y toda antología revela sus omisiones fácilmente –expresa Pujol al inicio de la charla–. Me gustaría que los lectores acepten las canciones que analizo, por más críticas que tengan para hacerme respecto a las que no entraron en esta selección”.

Entre Cuerpo de alambre, de Ángel Villoldo, y Es todo lo que tengo y todo lo que hay, de Lisandro Aristimuño, pasa un siglo argentino que Sergio Pujol comenta con la fluidez y la perspicacia que lo caracteriza, analizando el cuerpo y el espíritu de temas como Desde el alma, Mano a mano, Chacarera de un triste, Vete de mí –por supuesto–, Cantata de los puentes amarillos, Sólo le pido a Dios, Tumbas de la gloria, Pedro Canoero y Mil horas, por citar algunos ejemplos.

“En la elección de las canciones intenté combinar dos criterios –explica–. Por un lado, el de las más ‘representativas’ de nuestra música popular a lo largo de un período tan vasto y complejo como el que va del Centenario al Bicentenario. Con todo lo problemático que tiene el concepto de representatividad, no creo imposible hablar de canciones icónicas o emblemáticas. Sobre ese corpus, que incluyó alrededor de 300 temas, apliqué un criterio más arbitrario y paradójicamente menos cuestionable: mi gusto personal. Así se decantaron 140 canciones de los más diversos géneros”.

Épocas y géneros fueron y son divisores consistentes e indicadores implacables para el consumo de canciones. Pujol desafía esa ley casi natural y establece una línea de tiempo que incluye a todas las canciones en un mismo nivel. Desde ahí prefiere dividir las cinco partes del libro en referencia al soporte con que esas canciones se difundieron: desde la victrola hasta las que están “a la vista”, aquellas que todavía es posible escuchar tal cual nacieron, sin demasiadas versiones de por medio.

“No quise no incurrir en la periodización histórico-política con la que se suelen segmentar los hechos de historia cultural –continúa Pujol–. Obviamente, respeté el criterio secular del Centenario como punto de partida, porque en algún punto había que empezar. En el interior de tan vasto período, preferí poner el acento en el proceso de recepción social de las canciones. Cómo llegaron a sus públicos; cuáles fueron los soportes y las vías dominantes en la difusión de la música popular. Pero no me propuse escribir una historia de la difusión, sino ordenar la cronología musical de acuerdo a un criterio más ‘mediático’ que político, aun si no puedo negar, por lo que me comentan quienes ya leyeron el libro, que se trata de un texto que invita a ir a los saltos, un tipo de lectura random”.

–Pareciera que cada canción está contemplada desde un lugar diferente. Mejor dicho: hay distintas balanzas para distintos temas. ¿Calculaste eso en base a un equilibrio general del libro?

–Dejé que cada canción me llamara desde un sitio diferente. El resultado es una escritura más libre, que  deja que las asociaciones se expresen por sí mismas, por decirlo de algún modo. Está claro que no me propuse hacer un libro académico. Su metodología de análisis es cuanto menos muy voluble. A diferencia de mis otros títulos, Canciones argentinas está más cerca del crítico que del historiador, no obstante el ciclo temporal que ordena su contenido.

Variaciones

–¿Es posible observar rastros comunes en los cambios del gusto musical y sus variaciones en el tiempo?

–Indudablemente hay tópicos literarios: el abandono, el desarraigo, el amor contrariado, por ejemplo. También hay motivos melódicos que provienen de cierta matriz cultural común. Son elementos que atraviesan la historia de la canción argentina, y que ponen en línea un tango de Contursi con una canción de Moris, más allá de los quiebres y refundaciones, que en la cultura argentina parecen haber sido bastante dramáticos. Ahora bien, la existencia de los géneros musicales no es una cuestión menor. Son territorios muy señalizados, que han despertado apasionamientos y han provocado, en algunos casos, verdaderas guerras culturales, tanto entre los géneros como al interior de los mismos. Pienso en el rechazo con que el mundo del tango recibió Balada para un loco. No soy un experto en otras cancionísticas, pero sospecho que ni la canción francesa ni la brasileña, por citar dos tradiciones del canto popular, han tenido situaciones de rivalidad identitaria tan turbulentas.

–El crítico, el estudioso, el melómano, el producto de una determinada generación: ¿cuántas personas hacen falta para escuchar una canción?

–Todos los que rajen, como decían en mi barrio. Esa es la gracia de la canción: nunca se deja atrapar por uno solo. Cuando el crítico literario creía haber capturado el sentido final de una canción, este se corre hacia el orden del discurso musical, allí donde el literario hace agua. Y así sucesivamente. Por supuesto, en términos teóricos y metodológicos se pueden hacer análisis parciales. Por ejemplo, Rosalba Campra, y antes que ella Idea Vilariño, hicieron notables aportes al estudio de las letras de tango. Y Omar García Brunelli y Pablo Kohan, para no irnos del tango, nos han enseñado mucho sobre la música porteña. En mi caso, preferí renunciar a una mayor profundidad en el análisis de las diversas variables que convergen en una canción en pos de una mirada de conjunto. Una mirada valorativa, tratando de justificar aquello que parece injustificable: el gusto.

–¿Este libro está más cerca de ser un diccionario de canciones o un muestrario de formas del afecto?

–Está más cerca de un muestrario. Pero no llega a ser un canon personal. Es más bien el canon de los argentinos “interpretado” por mí.

–¿Qué es lo que hace, según tu parecer, que una canción sea imperecedera?

–No tengo una respuesta para esta pregunta, la pregunta del millón. Por lo pronto, no creo que haya un patrón de perdurabilidad histórica. Como ya dije, el toque mágico de un gran intérprete es un factor importante –pensemos en Gardel y en la Negra Sosa–, pero hay canciones muy famosas casi independientes de sus versiones, como El humahuaqueño, Vidala para mi sombra o la archiconocida Zamba de mi esperanza, para citar ejemplos del folklore. Es posible que las canciones más sólidas sean aquellas que han sabido interpelar a una sociedad receptora en un momento determinado. Tienen algo de resistentes, algo que va –un poco o mucho– contra la corriente. La recompensa ha sido a largo plazo: ganarse un lugar en el corazón de los argentinos del porvenir.

Canciones argentinas. 1910.2010

Sergio Pujol

Emecé

Fuente: La Voz