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SEMBLANZAS (XVII): ¿Y por qué no escribe de…?

"Queda claro que ninguno de los dos sabíamos de la procedencia de cada quien, ni la edad, ni tan siquiera –al menos yo- su nombre...." Sensaciones de la vida cotidiana, por Jorge Amena. Exclusivo para radiofueguina.com



SEMBLANZAS



Por Jorge Daniel Amena (*)




Y por qué no escribe de…?



El señor es más bien de mediana estatura, de bigotes, lentes, con el pelo entrecano, con la vida marcada en la cara, típico exponente de esa gente de laburo de toda la vida.



No, no es un jubilado de privilegio, ni un funcionario público de mirada atada al broncíneo espacio de los que deciden. Es un tipo de la calle, de zapatos mojados por la nieve o el agua, campera de tela impermeable del color de la tela de los impermeables, beigecita con cierre central.



Nos encontramos casualmente, yo desandando el camino, luego de haber degustado un café, y él -al parecer- luego de padecer un trámite administrativo, vaya Dios a saber en qué oficina.



Me conocía, es natural, pero no supe (ni sé) de dónde, treinta años es mucho tiempo, y muchas caras se borraron de mi mente o se fueron y muchas otras se ocultaron, para siempre allende el Estrecho de Magallanes.



El cruce de caminos había acontecido en uno de los senderos de la plaza principal. Señalando con el dedo índice de la mano izquierda (libre de papeles) me muestra botellas rotas de cerveza, latas de todo tipo, restos de recipientes de vino de cartón. Y con la puntera de la zapatilla, hace un surco en la tierra, yerma y devastada.



– Eso no pasaba en mi pueblo, dice, ¡por qué no escribe sobre las plazas, si¡ (se entusiasma), y sobre el placero, ¿Se acuerda del placero?



Cómo no acordarme. El placero, una especie de cancerbero que moraba en las profundidades de la plaza, dentro de un refugio bajo tierra con dos puertas de hierro, con candado inviolable, donde guardaba, rastrillos, palas, carretillas, escobas, escaleras y demás. Debajo de un ombú gigante.



Se decía que contaba con pasadizos debajo de toda la plaza. Impedía tropelías, tenía un uniforme gris, (como el de los guardas de trenes).



– Sí, comenta, y no se podía andar en bicicleta…



Se queda en silencio un instante. Tampoco dejaba que las parejas se sentaran debajo de los árboles en los bancos de plaza; (del tipo de los bancos de plaza).



– Sí, digo. ¡No te dejaban franelear¡!



Se ríe con risa franca. – No te dejaban, es cierto.



La sola presencia del placero interrumpía toda actividad de cualquier tipo entre parejas, aunque se tratara de tonteras.



– Y no pintaban los monumentos, dice con voz firme, en MI plaza (claro que era suya) había una de San Martín.


– En la mía una de San Martín y Pellegrini.



Queda claro que ninguno de los dos sabíamos de la procedencia de cada quien, ni la edad, ni tan siquiera –al menos yo- su nombre. Eramos dos vecinos en una ciudad de aluvión, hablando de las mismas cosas, quizás seguro separados en la geografía del recuerdo por miles de kilómetros.



– Y bueno, dice extendiéndome la mano, ¿Por que no escribe sobre las plazas, señor…?


– Jorge, interrumpo.


– ¿Por qué no escribe sobre las plazas, Jorge?.



Dije que sí con la cabeza, y un apretón de manos selló lo que ya estaba escrito y ahora lee, porque, Sr., lo escribió Ud.



A través de más de diez años Semblanzas corrió la suerte del ánimo de gráficos y del mío propio. No deja de formar parte de aquellos materiales que conforman el hecho de ser lo que soy, ni más ni menos. Muchas, pero muchas veces me han referido que cuente historias propias, como si fueran universales, y es que en realidad lo son. Algunas llamadas anónimas, pero de las anónimas que tienen aroma a vida, no a procacidad. Algunas veces por escrito, y otras personalmente.



La responsabilidad de reflejar imágenes de un pasado que se fue degradando reside en resistirnos a que eso siga sucediendo, tal vez no baste con la evocación. Las personas permeables a leer sobre las plazas, y (es más) solicitar sin tapujos que se escriba sobre ellas, nos muestran que existe aún un muro infranqueable que impide que las cosas desaparezcan definitivamente, y uno considere como normal, lo que está mal.



Mañanas como esas no se olvidan fácilmente. En un mundo encerrado sobre si mismo, donde prima la actividad de momento autocrática. Fue precisamente esa charla en una plaza pública, una chispa de vida y esperanza.



Todos los cambios fundamentales en la historia, comenzaron en una, desde el Ágora de Atenas hasta todas las demás que la historia le recuerda, y sin dudas le recordará.






(*) Escritor- Abogado Constitucionalista – ex Legislador provincial y Convencional Constituyente provincial, colaborador permanente de la ONU para Asuntos de Africa.



(Se autoriza la reproducción, citando la fuente. Rogamos informar acerca de su publicación.)



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