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SEMBLANZAS (XI): Ud. lo hizo

Autobiográfico o no, aconteceres que, tarde o temprano, le ocurrirán a Ud. (o a alguien como Ud.) Exclusivo para Radio Fueguina.com, por Jorge Daniel Amena.


SEMBLANZAS


Por Jorge Daniel AMENA (*)



USTED LO HIZO



Alguna vez, lo hará. Está dentro de las circunstancias escritas en algún manual secreto, que indica que Ud. será responsable de sus actos.


Y así transita la vida en medio de los vaivenes propios o impropios. Ud. observa el lugar en el que vive y un día, iluminado por los dioses, decide que hay que modificar ciertos aspectos de la ubicación del mobiliario, y redecorar, (o cambiar de lugar, lámparas cuadros, mesas, sillas, sillones y demás).


Y Ud. se siente capacitado para ello. Por empezar, empieza a descolgar todos los cuadros y recuerdos de otros tiempos que ya no están sostenidos por un clavo, sino que se han “incorporado” a la pared, formando un solo ente indisoluble. Pero al fin, con esfuerzo y la ayuda de una tenaza, Ud. logra romper ese “maridaje”; pared-cuadro, además de romper por supuesto la pared que anidaba al ya torcido e inútil clavo.


No importa, se dice. Con poxi-algo se soluciona. Y así continúa, hasta que al fin de la tarea el ambiente que ha intrusado con sanas intenciones se parece más a un muro externo de Sarajevo luego de un combate, que al living donde miraba los partidos en un sillón que está cubierto de alfombras y sillas en equilibrio inestable.


Al correr la mesa. Ud. se da cuenta que -en efecto- la ubicación es mucho más luminosa, más cercana a la ventana, solo que la lámpara que pendía sobre el centro de ese insustituible sitio de encuentro familiar, se encuentra a exactamente 6 metros de la nueva ubicación que Ud. pretende darle.


Entre destripar la conexión eléctrica que -por cierto- se encuentra en el entretecho, Ud. desiste y se aboca a la nueva ubicación de los sillones, tarea ésta más sencilla, dado que la iluminación es proveída por lámparas de pie, de fácil ubicación: de no mediar –claro- la tristísima situación que ESE sitio carece de enchufes, razón por la cual Ud. cansinamente vuelve a resignarse, no sin antes descubrir una masa inmensa y seguramente perteneciente a otro siglo de pelusa.


Se pregunta de dónde vino tamaña cantidad, si Ud. y su familia son limpios y prolijos, su horror aumenta al mensurar que -barrida la masa en cuestión- con el escobillón “esa cosa” adquirió el volumen de un perro afgano tamaño mediano.


Decidido (al mínimo) a terminar con las paredes, comienza a emparchar los agujeros que enfáticamente ha producido, además de otros que generó intentando colgar los cuadros en otro sitio donde los clavos eran repelidos por las paredes, golpeándose como corresponde varias veces los dedos de las manos, y generando gloriosos cráteres en paredes impecables.


Dando por sentado que el tiempo de secado de la pasta blanca con la que (como pudo) alisó el desmadre, era una sugerencia y no una condición, comienza a pintar, utilizando para ello un pincel deplorable, y algo más de una lata de pintura blanca- latex- soluble en agua-de-fácil-limpieza.


Conoce Ud. como sigue la historia, la pintura no alcanza, y debe salir a comprar otra lata, a lo que le adosan un pomito de colorante para lograr el color deseado. Por supuesto que no tiene Ud. ni idea de las proporciones y le va agregando a la masa cremosa blanca chorritos de un ocre pálido, mientras revuelve una masa que de homogénea se vuelve grumosa. Con el cabo del UNICO plumero de la casa.


Lógicamente, el color logrado no es (ni será NUNCA) el mismo que Ud. pretendió; decide, no obstante, que es un toque interesante y hasta innovador tener paredes de distinto color, solo que se trata de la misma pared y no de otra.


Atacando las alturas y con el espíritu de lograr “algo” que sea de un mismo color reinicia la actividad, esta vez comenzando por la parte sin pintar. Como ha empezado desde unos de los costados, empieza a sufrir el “ síndrome de las molduras” y la “fiebre de las aberturas, puertas y ventanas”, llenas de recovecos siniestros, donde inevitablemente el pincel casi calvo ingresa en áreas prohibidas, logrando simpáticos trazos surrealistas. Con las alturas descubre que la escalera es pavorosamente corta o el techo desmesuradamente alto. Tiene la sensación parado en puntas de píe sobre los escalones resbaladizos, de estar pintando algo gigantesco en el Vaticano.


Por supuesto, la primera mano es una conjunto irregular de pinceladas con mucha pintura acumulada que gotea mansamente sobre el piso, en contraposición de lánguidos lengüetazos de agónicos intentos de que “esa” vez la pintura alcance.


Descubre una mancha de humedad en el techo. No era su intención llegar a esas instancias y supone (y supone mal) que con un trapito con lavandina lo que es blanco, blanco volverá a ser, y la emprende con un trapito embebido en la substancia limpiadora y desinfectante. La manchita amarilla de una vieja gotera, se convierte en una luna color pardo muy bonita.


Asoma la primera lágrima. Ha pasado casi todo el día y la luz natural lo abandona. La familia entera ya lo había hecho con solo escuchar las intenciones muy temprano en la mañana.


Fatigado hasta el hartazgo, descubre que el latex-diluido-en-agua no se limpia fácilmente nada. Tiene las manos del color de los duraznos del verano de la infancia, y ordenando todo como estaba se sienta en el piso. Un cigarrillo que sabe a aserrín le ayuda a tomar la decisión de contratar a alguien que dos días después hará todo, en horas, utilizando pinceles y escaleras maravillosas.


Piensa que de buenas intenciones está tapizado el camino al infierno, y cruelmente que no todo el mundo puede hacer todo. Que existen capacidades que unos tienen y otros no. Cansado, Ud. se da una ducha mientras por la TV alguien opina acerca de cómo prevenir la Gripe A.



(*) Escritor- Abogado Constitucionalista – ex Legislador provincial y Convencional Constituyente provincial, colaborador permanente de la ONU para Asuntos de Africa.



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