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SEMBLANZAS (VIII): Cancha embarrada

Así en el fútbol como en la vida, no es bueno embarrar la cancha. Recuerdos y emoción, desde la inspiración de Jorge Daniel Amena. Exclusivo para radiofueguina.com.

SEMBLANZAS


Por Jorge Daniel AMENA (*)




CANCHA EMBARRADA


Uno aprende muchas cosas en la vida, unas las aprende porque les toca vivirlas, otras porque les toca vivirlas a otros y te la cuentan, y algunas (muchas cosas) no las aprendió, ni las aprende, ni las aprenderá jamás.


Le recuerdo que le iba a contar sobre ese partido de barrio contra barrio, ¿se acuerda cómo eran?


¿Puede Ud. sintetizar en dos palabras la feroz rivalidad que existía entre jugadores (e hinchas) a los que separaban tan solo siete o diez cuadras de distancia?


¿No? No se preocupe. Yo tampoco. Tal vez se debiera a que en la línea divisoria intangible y no demarcada de un barrio a otro, se materializaba el fin del asfalto y nosotros teníamos y ellos no; y las coexistencias de los dos clubes a pocas cuadras de distancia, uno con los colores de Peñarol de Montevideo y nosotros con la gloriosa azul y oro.


Tal vez porque la plaza de “ellos” tenía una calesita, y nosotros ni plaza teníamos, o porque los eventos importantes se hacían en nuestro “Clú”: Nadie que yo conozca dice clu”B”o lo que sería fonéticamente correcto “claeb” en pronunciación sajona; era el clú y que joder!


Porque, les guste o no, Titanes en el Ring, fueron a la cancha nuestra, a esa fueron. A lo mejor sería por eso, qué se yo.


La cuestión es que amaneció caluroso ese día del clásico, y los ánimos caldeados desde temprano, los hinchas mayores de edad fanatizados como el que más (tratándose de un partido de 5ta. División), en proporción directa a la cantidad de Gancia con limón que hubieran ingerido. Yo estrenaría esa noche unos botines de cuero todos gastados, con los tapones adheridos, (con algunos clavitos) peligrosamente asomando, en las partes más gastadas, o sea dos de adelante y los tres de atrás.


Me había pasado parte de la noche anterior pintándole el emblema de Fulbence, con tintura para zapatos, pero ni parecido.


La cancha estaba iluminada en las áreas, en la mitad el campo y algún farol perdido por los costados, más lamparitas desnudas en las tribunas, no era el Maracaná, pero algo se veía. Los vestuarios de ladrillos sin revocar anunciaban pomposamente “Local” y “Visitante”; los nuestros tenían duchas, el otro no (como corresponde), y una madera con clavos donde dejábamos los vaqueros y las remeras colgadas con mucho cuidado de no dejar dinero, porque si bien no eran épocas de “sensaciones de inseguridad” te afanaban igual.


El árbitro (verdulero, en la “vida real”) tenía vocación para la puteada y creo que era masoquista porque dirigía sin que se le moviera un músculo con una sonrisita dibujada bajo un bigote finito y bien cuidado.


Una hora antes del partido nuestro técnico ordenó al encargado de cortar el césped, que regara los laterales y las áreas; así lo hizo, de modo tal que costaba hacer pie, y mucho menos llevar la pelota al pie, que de cuero y tientos, quedaba siempre atrás.


Claro, los defensores pese a la edad eran grandes y pesados y nosotros plumas al viento. La táctica simple; tres toques, pelota en diagonal, corrida por la línea, centro atrás y gol. Así de sencillo. El esquema era básicamente un 4-3-3, las señoras le pueden preguntar a su pareja qué demonios significa eso Si no lo sabe, desconfíe.


Y así salimos a la cancha en hilera con las camisetas como se debe: del 1 al 11, no como ahora que juegan con el nº 28 o el 99.


– Llegaron los “comilones”, nos dijo al pasar el Técnico de Peñarol, insulto terrible que dejamos pasar ante la catarata de improperios que le llovían al tipo desde las gradas. Por cierto, extrafutbolísticos hasta un “¡Pagame lo que me debés”, circunstancia que poco y nada tenía que ver con el partido.


Dos tiros en los palos nos dejaron con el grito de gol atragantado; como suponíamos, los defensores no hacían pie y pasábamos como flechas, pero arquero y mala puntería nos llevaron al vestuario arrastrando un inmerecido cero a cero, con severas críticas a un tiro mío que hubiera sido gol en el arco iris, pero que allí no lo fue: sin arquero, y sin nadie a la vista, la tiré a la luna.


Segundo tiempo


Con la cancha hecha un chiquero y mas cansados, el juego se hizo más lento; promediando los treinta minutos se armó un despelote fenomenal en nuestra área y yo bajé a dar una mano corriendo a toda velocidad. Cuando pisé el barro, los tapones lisos y los clavos fueron un trineo perfecto. El nueve de ellos giraba buscando el perfil para darle con la pierna hábil, y cuando estaba parado sobre una sola, como una tromba incontrolable patinando con los pies para adelante le di de lleno en la pantorrilla derecha… dentro del área.


Penal, expulsión, y gol.


Un policía de civil que accionaba además como utilero para cualquiera, corrió con un frasquito de alcohol, y una bolsita de algodón “Estrella”. Eran cinco puntitos rojos que se unieron en un tajo, y sangraba. Los de la tribuna me insultaban y volaron entre los que habían pasado del Gancia a la ginebra algunas piñas, pero sin mayores ulterioridades.


Como muestra de autoridad, el Presidente del Clú, apagó las luces de la cancha y se acabó el despelote. Cada chancho a su chiquero y a esperar los comentarios del día siguiente.


Ya en el vestuario, yo le daba explicaciones a quien quisiera escucharlas, pero nadie quería escuchar nada. Una noche para el olvido.


Compartiendo la regadera de la ducha con el negro Gomez, el defensor central, lo miro mientras se bañaba, y se secaba luego y le pregunto:


– Negro, no te lavas la cabeza?


-¡Si no cabecié!, me responde.


Genial. Me fui a casa pensando que no siempre es bueno embarrar la cancha: Claro que no lo es.


Mientras pateaba pedazos de baldosas rotas, lejos muy lejos algunos perros ladraban al silencio.



(*) Escritor- Abogado Constitucionalista – ex Legislador provincial y Convencional Constituyente provincial, colaborador permanente de la ONU para Asuntos de Africa.



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