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Alfonsín, el último demócrata del siglo XX

Convirtió la letra de la Constitución casi en un texto sagrado, en objeto de su pasión, en arma de paz para combatir la tiranía. “Gracias a Dios nunca más tendremos una dictadura”, dijo y fue más una promesa que una invocación.


Libertad, Justicia, Educación, no eran en su boca palabras vacías o de compromiso


La República y la Democracia no eran en su acción objetivos menores.


Convivencia, tolerancia, cooperación no eran en su ideología meras opciones, sino elementos fundamentales de la política y la acción de gobierno.


Convirtió la letra de la Constitución casi en un texto sagrado, en objeto de su pasión, en arma de paz para combatir la tiranía.


“Gracias a Dios nunca más tendremos una dictadura”, dijo y fue más una promesa que una invocación.


Arrastró la carga de los errores propios y las traiciones ajenas con el estoicismo de un prohombre, contagió los valores de su humilde grandeza en cada foro donde la política exigió su presencia.


Amó a Tierra del Fuego hasta visitarla infinidad de veces y ése era otro de sus principios, gobernar para toda la Argentina y para todos los argentinos sin divisiones.


Aunque los radicales lo crean de su exclusiva propiedad, fue un estadista de todos y nadie reparó en distingos partidarios a la hora de llorarlo o de ofrecerle el tardío reconocimiento a quien quizás sea el último demócrata de la Argentina del siglo veinte.


Tuvo grandes fallos y enormes utopías. Con unos y otras gobernó y con su tremendo coraje cívico nos dio para la historia el ejemplo universal del juicio a la dictadura y el ¡ NUNCA MAS ¡, grito de guerra de una Argentina sedienta de paz.


Nunca alentó el revanchismo, nadie como él esquivó los egoísmos y la liviandad de los políticos modernos.


Se jugó por la Ley de Divorcio, por el Plan Alimentario Nacional, por inventar una capital de toda la Argentina.


Era un utópico, que es como decir un soñador.


Benditas sus utopías, benditos sus sueños, bendita su herencia democrática.


¿Cuántos de los que hoy lo lloran aprendieron de él?.


¿Cuántos heredaron sus ideales democráticos y -como Balbín o Illia-sus valores democráticos?


¿Cuántos imitaron su sencillez, la humildad de su grandeza?


La política tiene esa desgracia: nada, excepto el tiempo, sirve para reconocer a los buenos demócratas.


El tiempo, la historia, dirán “fue un gran estadista a pesar de todo y del tiempo que le tocó vivir”.


Su lápida, seguramente, sólo dirá “fue un hombre de bien”.


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