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Día de la Provincia

Jornada que debiera ser de reflexión y de análisis respecto de lo que se pretendía, lo que se hizo, las bases que se sentaron y el estado en que hoy encontramos a la Provincia. El trabajo de los Constituyentes, con todo lo que significó en su momento, continúa absolutamente incompleto por la falta de reglamentación, las constantes desobediencias y la falta de atención al mandato constitucional.


Eran otros tiempos, sin lugar a dudas y no en beneficio comparativo de este presente que hoy nos hemos dado.


Eran épocas en que la corrupción no era el tema habitual de conversación. Tiempos en que los asuntos políticos no se dirimían en los despachos judiciales.


Eran días en que la convivencia también era solidaridad y esperanza, sin violencia moral, sin revanchismos y sin censuras aunque, como en todo, la política sabía de bemoles.


Eran jornadas de discusión por la construcción del porvenir y no por la destrucción del presente.


Quizás porque no tenían un pasado cercano que esconder ni un presente de que avergonzarse aquella sociedad y aquellos políticos -que eran su emergente- disputaban, se peleaban y no le quitaban pasión, pero pensando sólo en términos de futuro, casi la mano única en la avenida de una provincia en ciernes.


Había pasado la dura y farragosa discusión por la provincia chica o la provincia grande, en términos geográficos, para concentrarnos todos en la provincia Grande en términos políticos y de autonomía.


El éxito que significaba haber obtenido la sanción de la ley de Provincialización había terminado de acallar las sordas voces que expresaban temor por aquella “falta de madurez” de la sociedad fueguina y que por lo bajo sugerían la inconveniencia de dejar de ser territorio nacional.


La autonomía estadual era un logro consumado y sólo cabía ponerse en la labor titánica y desafiante de armar pieza por pieza el rompecabezas de una provincia digna de la lucha que la parió.


Se habían agotado los tiempos de la discusión ideológica y estratégica y el desafío de organizar las instituciones se alzaba desafiante en frente de todos los fueguinos.


Pero los privilegiados representantes de toda una sociedad –por entonces de 69.000 habitantes- serían los diecinueve Constituyentes Provinciales cuyos nombres surgieron de las urnas de aquel ya lejano 9 de diciembre de 1990.


Con el Movimiento Popular Fueguino imponiendo mayoría (superó en la elección la suma de todos los partidos adversarios) el collage político de aquella Convención Provincial tuvo hasta el imponderable aporte de la minoría altamente representativa que por entonces proponía el Partido Socialista Auténtico.


Según el orden que ocuparon en las boletas que irían a las urnas, Miguel Angel Castro, Ruggero Preto, Delia Rosa Weiss Jurado, José Arturo Estabillo, Diana Wilson, Carlos Perez, Néstor Nogar, Hernán López Fontana, Elena Rubio de Mingorance, Demetrio Martinelli y Carlos Pastoriza (Movimiento Popular Fueguino); Alejandro Funes, Alberto Revah, César Marcos Mora, Mario Félix Ferreyra y Luis Andrade (Partido Justicialista); Daniel Blanco y Jorge Rabassa (Unión Cívica Radical) y Edelso Luis Augsburger (Partido Socialista Auténtico) iniciaron el 10 de enero de 1991 la redacción de lo que sería la Carta Magna, la Constitución de la Provincia de Tierra del Fuego.


Fue el escenario de aquel hecho histórico el salón de actos de la Escuela Nro.1 Domingo Faustino Sarmiento de Ushuaia. La sesión constitutiva fue presidida por Rosa Weiss Jurado con Carlos Revah como su secretario (como es de rigor, los dos convencionales de mayor y menor edad respectivamente)


Enseguida, y por votación de sus pares, Elena Rubio asumiría la presidencia que sostuvo hasta el último instante, aquel de la emotiva ceremonia en la que Doña Elena le tomó un espontáneo juramento “al pueblo” a todos los presentes en el cierre de sesiones y juramento formal de los Convencionales, el 1 de junio de 1991, fecha de la que hoy se cumplen 17 años.


Este último capítulo del proceso histórico más importante de Tierra del Fuego empezó y culminó en la siesta del 1 de junio en el gimnasio Italo Favale de Ushuaia.


Entretanto, la Convención hubo de trasladarse en alguna oportunidad a Río Grande donde sesionó en el desaparecido salón de usos múltiples del Hotel Los Yaganes.



Sin honores, con honor


Alcanzó aquella Cámara un grado tal de jerarquía que hasta se concedieron el honor de eliminar de un plumazo los tratos honoríficos en la Provincia, una distinción indignante que aún sobrevive cínica en la organización política de muchas provincias argentinas.


Sabiendo que el honor no se estampa en la placa de un despacho sino en la acción en la banca, se jugaron no por el bronce sino por el reconocimiento de la historia. Debatieron sin concesiones pero sin mezquindades de oportunidad durante casi seis meses, se propusieron –y lo lograron- dar forma a un texto constitucional que fuera modelo para varias reformas constitucionales provinciales que vendrían poco tiempo después, e incluso con influencias manifiestas en la reforma de la Constitución Nacional, sancionada en 1994.


Hubo muchos motivos para elogiar el trabajo final, plasmado en el documento que hoy tenemos como Ley Superior de la Provincia.


Pero quizás porque ninguna legislatura de las que sobrevendrían intentó siquiera arrimarse a la jerarquía de la Convención Constituyente, hoy la Carta Magna puede decirse que sigue esperando se escriban sus renglones finales, fundamentales.


Es que muy pocos artículos se han reglamentado, después de dieecisiete años, lo que significa la no vigencia de muchos preceptos de la Constitución. O lo que es lo mismo, su ignorancia y violación manifiesta, por falta de compromiso, responsabilidad y voluntad.


Aquella omisión, estos desdenes de hoy, hacen que este 1 de junio sea el día indicado para recordar que, por encima de todos los discursos oportunistas, de compromiso o de campaña, se impone a toda la comunidad, pero sobre todo a sus mandantes, proponerse empezar a obedecer, respetar y hasta a repasar de una lectura la Constitución de Tierra del Fuego.