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El paro docente y la última esperanza

La protesta de los alumnos del Haspen, lejos de merecer el tentador castigo, debe verse como un grito desesperado que despierte la conciencia de sus mayores. La educación de los jóvenes es la última esperanza de una sociedad hundida en sus propias miserias.



Desde el piquetero que corta calles y rutas buscando transferir a toda la sociedad su momentáneo fastidio, hasta el empleado público que se encierra a tomar mate aunque en el salón la gente espere por horas a que alguien lo atienda, todos parecemos haber perdido el sentido de la convivencia.


Pensar en el prójimo parece ser -entre nosotros- una excentricidad, un anacronismo que no encaja en la usanza actual de imponer condiciones a como hiciera falta, de exigir sin miramientos, de pasar por encima el derecho ajeno para imponer el deseo propio.


En un marco de reclamos salariales colectivos en la provincia, el paro docente se ha convertido -más allá de las razones que siempre se ameritan como justificadas- en una práctica liberada de toda responsabilidad, en una metodología antisocial que algunos han llegado a calificar como extorsiva.


La protesta docente (que lleva en Tierra del Fuego más de 20 años de un continuo malestar mientras la calidad educativa sigue en picada) viene con molesta asiduidad acompañada de una violencia discursiva y un grado tal de intolerancia manifiesta, que ofende el espíritu de cualquiera que pretenda vivir en un marco de convivencia medianamente solidaria.


El anuncio de otro paro de 48 horas y quizás alguno próximo por tiempo indeterminado empieza a desbordar los límites de la paciencia de una comunidad asqueada de tanto reclamo intransigente, de tanto gobierno incapaz y de tanto diálogo prosternado ante el ansia de ganar la discusión por “la vía rápida”.


Pero la historia dice que cuando la sociedad en su conjunto no ha podido superar sus propias miserias, son los jóvenes quienes han ganado las calles y los foros para despertar la voz de la dormida conciencia de los mayores. Son ellos (en su inocencia violentada, en su derecho pisoteado) los que han gestado las grandes revoluciones (algunas en paz) y quienes han dado la lección de madurez que los adultos no aprenden.


Algo de eso empieza a ocurrir en Río Grande, donde el drama del paro docente carcome el derecho de aprender, en un ciclo de degradación que lleva dos décadas. Enfrentando a las autoridades con la decisión que da la indignación, un grupo de alumnos del colegio Haspen dispusieron esta semana una “sentada”, la negativa a entrar a los cursos para llamar a la reflexión a los docentes que seguían “en asamblea” una definición eufemística del paro permanente y sin aviso previo.


“Queremos que nos escuchen”, dijeron ante los micrófonos de Radio Fueguina los chicos, como si estuvieran pidiendo algo inusual. “Nos están exigiendo subir a las aulas para no ponernos ausente ¿y si nosotros les ponemos “ausente” a ellos qué pasa?”, preguntaron, con la sabiduría de la más simple lógica.


Los derechos de todos terminan donde comienzan los derechos de los demás, dice la remanida frase, pero pareciera que los derechos de los jóvenes son de tan escasa altura que todos les pasan por arriba.


Ni el Estado anómico ni -una de sus partes- el sector docente parecen entender que la formación de los jóvenes es la última esperanza que nos queda para generar una sociedad menos miserable, menos mezquina, menos prepotente, menos viciada que la que hoy componemos y de la que debiéramos sentirnos profundamente avergonzados todos.


Restémosles un minuto a nuestras sagradas preocupaciones, escuchemos a los chicos, quizás aprendamos de ellos, ya que ellos no pueden aprender porque que sus maestros están “en asamblea”.

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