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Armando Bacinello vive y cuenta el primer vuelo a la Antártida

“Cuando salí para hacer este vuelo, me despedí de mi familia”, le contó don Armando a El Diario de la República. Sin embargo, junto con la tripulación encabezada por el vicecomodoro Marambio, lograron hacer el primer viaje por aire a la Antártida Argentina. Fue en 1951.

“Para mí espiritualmente, es una cosa importante que yo hice para mi país. Si lo reconocen o no, es materia de los demás, pero yo me voy a ir de este mundo con la tranquilidad, de haber compartido con mis compañeros de tripulación este hecho que debería estar enclavado en la historia”, comenta emocionado Armando Bernardo Bacinello.< ?xml:namespace prefix = o ns = "urn:schemas-microsoft-com:office:office" />

Bacinello vive en Villa Mercedes, tiene casi 82 años y la experiencia de haber sido uno de los primeros hombres en completar un vuelo hacia la Antártida, y pasar el círculo polar.

Armando no está solo, lo acompaña todo el tiempo su mujer, Elsa, que se hace cómplice de su relato. Además, tiene 3 hijas Mónica, Sabrina y Carolina, 10 nietos y un bisnieto, fieles oyentes de las anécdotas del abuelo.

El 19 de diciembre de 1951, un avión bombardero cuatrimotor Avro 694 Lincoln, bautizado como “Cruz del Sur”, dirigido por el vicecomodoro Gustavo Argentino Marambio, salió de Río Gallegos y alcanzó la Base General San Martín, ubicada en bahía Margarita, del continente antártico.

“Se dio la circunstancia de que la base del Ejército más lejana en la Antártida, no podía ser reaprovisionada porque el barco que le llevaba los alimentos, medicamentos y otras provisiones, había quedado bloqueado por los hielos” explicó Armando en su casa de la calle Bélgica. Entonces, le encargaron a la Fuerza Aérea Argentina (FAA), que contemplara la posibilidad de hacer ese viaje.

Prácticamente sin tecnología, 10 hombres se animaron al desafío y lo consiguieron: “Llegamos a la bahía y los integrantes de la base del Ejército, se enloquecieron cuando nos vieron. Hicimos 5 pasadas tirándoles medicamentos alimentos, equipaje, ropa, y hasta la gorra de general al jefe de la base, que ascendía ese fin de año”, expresó Bacinello.

Es que en aquel entonces, era imposible aterrizar sobre el blanco territorio. Por eso, la tripulación se vio obligada a sobrevolar la base, arrojar las provisiones y emprender el regreso. No obstante, antes de regresar a Río Gallegos, cruzaron el círculo polar antártico, hasta el paralelo 72. “Si uno mira en el mapa, dónde está el paralelo, es ahí donde toma dimensión de lo que hicimos”, se sorprende Bacinello.

“Era un reto, porque ningún avión había volado sobre la Antártida, no sólo de Argentina, sino de todo Sudamérica”, recuerda Armando.

“Desconocido por muchos y lamentablemente olvidado por otros”, como dice quien fuera uno de los suboficiales auxiliares, el viaje marcó el inicio de una nueva era para la historia aeronáutica de Argentina y el mundo.

Tecnología de punta

“Si nosotros hablamos tecnológicamente, no teníamos nada. Apenas, el simple radiogoniómetro, que es un sintonizador que le va dando la dirección del avión respecto a un lugar de acuerdo a la potencia que tenga”, explica Bacinello.

Además, las bases que había en la Antártida entonces, no tenían potencia en sus señales de radio, por eso entraba en juego la capacidad de los navegadores. Los tripulantes trabajaron con el sectante para medir el sol, geometría, trigonometría, elementos especiales y con el cálculo de vuelo de estima, de acuerdo al viento que tenía el avión y su desplazamiento de un lado a otro.

Con respecto a la nave, Armando recuerda sonriente: “Era un toscano lleno de nafta”. Y además explica entre risas, que recién muchos años después de haber completado la odisea, se enteró que parte del regreso lo habían hecho con un motor fuera de funcionamiento.

Además, las aeronaves de entonces, no contaban con cabinas presurizadas. “A partir de los 3 mil metros tenías que ponerte la máscara, y usarla todo el tiempo”. “Ahora es muy fácil alcanzar al polo, ahora ponen en la computadora el lugar donde tiene que ir y va”, comentó Bacinello.

Armando espera que al conocer esta historia, “la gente comprenda que no todo se hizo de la noche a la mañana, sino que se realizó con mucho sacrificio, con mucha valentía, y que la aeronáutica mundial, disfruta de comodidades tecnológicas que fueron el principio de gente que fue, con coraje, a medir esas posibilidades de vuelo”.

Nunca es tarde

Con respecto al histórico viaje, Bacinello considera: “Esto hay que tomarlo como un hito fundamental no sólo para la FAA, sino para el país. Es un antes y un después”. Sin embargo, para algunos aquel logro ha quedado en el olvido.

La Base Marambio de la Antártida Argentina, lleva ese nombre desde 1969, en homenaje al vicecomodoro que encabezó la misión que realizó el Avro 694 Lincoln, hace casi 60 años.

Más allá de aquel gesto, no hubo mayores reconocimientos. Hace unos días, la biblioteca Bernardino Rivadavia de nuestra ciudad, tuvo la delicadeza de realizar un homenaje para don Armando. En esa oportunidad, recibió una medalla y dirigió unas palabras con las que resumió su experiencia.

Con respecto a ese acto, Bacinello comentó: “No es un acto que yo lo tome como homenaje a mi, lo tomo como homenaje a la tripulación, en su conjunto. Entre los que están y los que ya no nos acompañan. Espiritualmente, es una entrega para toda la tripulación”.

A lo largo de los años, sólo al cumplirse el décimo aniversario del histórico viaje, el comandante Gilberto Oliva entregó a la dotación una medalla de reconocimiento. En julio del 2004, Bacinello tuvo una distinción del Senado nacional. Y nada más.

Bacinello es parte de la historia villamercedina no sólo por su destacable papel en la Fuerza Aérea. También fue concejal, jugador de fútbol del seleccionado provincial, y entre otros méritos profesionales, ganó un concurso que lo llevó a vivir dos años en Estados Unidos, en la agregaduría aeronáutica.

Sin embargo, tiene la humildad de los grandes y un espíritu de entrega que conserva aún, con sus compañeros que están ausentes. Hace unos días, cuando recibió la medalla de reconocimiento en la biblioteca, Bacinello recordó a sus pares con una frase que hará eco a través de los años: “Dios dispondrá cuándo nos vamos a juntar nuevamente y seguramente nos van a encargar formar la tripulación para hacer el primer viaje a las estrellas”.

Ex concejal de Villa Mercedes

Durante tres años Armando Bacinello, fue concejal en Villa Mercedes, hasta que en 1976, la Dictadura Militar terminó con su gestión y la de otros funcionarios.

Durante su mandato, fue el creador de la ordenanza que fijó el nombre de la calle Jorge Newbery a la ex ruta provincial 24 desde el tramo de las tres esquinas hasta la V Brigada Aérea.

Por otra parte, otra ordenanza de su autoría, le puso el nombre de José María Gatica al Palacio de los Deportes.

Además, la disminución del cantero central de la avenida 25 de Mayo en las esquinas, para los automóviles que doblan a la izquierda, también fue una idea de Bacinello. “Traje esa idea de mi estada en los Estados Unidos, cuando vi que ese espacio evitaba el amontonamiento de los vehículos”.

Fuente: www.eldiariodelarepublica.com