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Semblanzas | Jorge D. Amena

Mares No se Ud. Yo siento una especie de fascinación casi indescifrable por ellos. A espejo del cielo que lo envuelve parece casi un reflejo exacto el uno del otro, ya en días soleados, como en las tempestades. Azul cristalino o negro como el infierno- Asumo la existencia como un bergantín de madera que hace […]

Mares

No se Ud. Yo siento una especie de fascinación casi indescifrable por ellos. A espejo del cielo que lo envuelve parece casi un reflejo exacto el uno del otro, ya en días soleados, como en las tempestades. Azul cristalino o negro como el infierno- Asumo la existencia como un bergantín de madera que hace mucho que navega. Conoce meandros, varaduras, y soleadas tardes de verano cuando el calor aprieta fuerte.

Como le pasa a uno mismo, por momentos, piloto que ha circunvalado varias veces la distancia del globo, la estructura luce fuerte en la capacidad de flotación. No obstante las vías de agua que se dan cada tanto en la sentina, cuando el viento y la lluvia  arrecian (y  lo hacen a menudo). Lucen por tanto- como dato para resaltar- algo despintados los palos, oxidados los eslabones de las anclas de proa y popa, y le haría falta una calafateada prolija y profunda al casco, al llegar a puerto, si uno supiera cuando será eso.

No hay quejas desde luego  (todo lo contrario), juntos cuerpo y alma hemos atravesado el Cabo de Buena Esperanza, el Cabo de Hornos y El Drake, todo en uno. Cabeceando, rolando ferozmente, emergiendo finalmente empapados cuerpo y alma, despintados y cansados, pero a flote-

Una y otra vez.

Asumo que es necesaria una revisación profunda del instrumental, que no es que luzca obsoleto. Lo es. Y una mano de pintura al palo mayor que, como un muestrario de los años luce capa a capa los caprichosos cambios de humor patentizados en varias capas de pintura que afloran con la humedad, se rizan y se muestran impúdicos.

Pero la madera de Teca es una buena madera, de esas que ya no hay, y no existe fibra de vidrio ni nada que la suplante.

En las mañanas ociosas y navegando casi al garete, se puede uno echar sobre la madeja de cabos a pensar en los arreglos que debiera hacer, o que rumbos seguir, en la medida que uno ya ha navegado casi los 7 mares, y a no ser porque no es el gusto de uno merecería como antaño una argolla por cada navegación.

Pero parece que lo de uno es esto, y que daría mareo de tierra, dejar esta inestable confortabilidad.

En realidad todos están navegando sus vidas solo que no lo saben. Muchos, no saben reparar un paño del velamen, ni navegar sin brújula, solamente mirando las estrellas o el rumbo de los pájaros migrantes. Son  aquellos a los que les han regalado la embarcación, no los que la han construido, clavo a clavo. Los que nunca fueron víctimas de un naufragio y viven para contarlo.

Aunque a como se ve el horizonte hay nubes que no me gradan en absoluto. Habrá que atarse al timón, para no ser barrido por las olas. Y la tormenta pasa. Algo se rompe o algo se pierde, pero seguiremos a flote.

Una tarea es importante para realizar uno de estos días, es repintar el nombre del navío, también despintado como las líneas que marcan el niel de flotación. Es una tarea importante porque le da identidad a la estructura, y resulta agradable ver como si fuera un delfín se hunde y emerge acompasando la navegación.

Un nombre de mujer claro.

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